Alejandro Revisitado

Making Of 155

La película Alejandro Magno (Oliver Stone, 2004) posee enseñanzas de la Antigüedad. Analizándola, se busca comprender mejor esa época.

 

 

 

FICHA

Título original: Alexander
Dirección: Oliver Stone
Nacionalidad y Año de producción:
Estados Unidos, 2004
Duración: 173 min.
Interpretación: Colin Farrell (Alejandro Magno), Angelina Jolie (Olimpia de Epiro), Anthony Hopkins (Viejo Ptolomeo), Val Kilmer (Filipo II de Macedonia), Jared Leto (Hefestión), Rosario Dawson (Roxana), Jonathan Rhys-Meyers (Casandro), Christopher Plummer (Aristóteles), Ian Beattie (Antígono), Rory McCann (Crátero)
Producción: Moritz Borman, Jon Kilik, Thomas Schühly e Iain Smith
Guion: Oliver Stone, Christopher Kyle y Laeta Kalogridis
Música: Vangelis
Fotografía: Rodrigo Prieto
Montaje: Yann Hervé
Productora: Warner Bros. et altri
Distribución: Tripictures

 

Introducción: una película controvertida

Cuando evoca el estreno en 2004 de Alejandro Magno, el cineasta estadounidense Oliver Stone (Fonte, 2008) no duda en calificar su intento como una experiencia fracasada. No obstante, podríamos matizar esa reflexión, puesto que el propio director en el filme ya advierte de que hay grandes fracasos que brillan y se recuerdan más que éxitos menores.

La filmografía de Stone siempre ha sido heterodoxa. Películas como JFK (1991) poseen un marcado compromiso político, mientras que proyectos como Un domingo cualquiera (1999) exhiben a un artista que, incluso ante encargos más comerciales, busca tener voz propia. Alejandro Magno podría enmarcarse de manera ecléctica en las dos realidades.

Aunque la productora Warner Bros quería aprovechar la figura del conquistador macedonio dentro del resurgir del género del péplum tras el éxito en taquilla de Gladiator (Ridley Scott, 2000), se trataría de un filme atípico por exhibir de una forma bastante realista los valores de la Antigüedad Clásica, dejando varias escenas de suma utilidad para el aprendizaje en el aula (Chaniotis, 2008: 187).

Con todo, su recepción por la crítica fue, en líneas generales, tibia o negativa. Otra de las cuestiones más llamativas era la falta de versiones previas de un personaje que figuraba como uno de los grandes conquistadores (Prieto y Antela, 2008: 263-282). Al contrario que César o Cleopatra, son escasas las versiones para cine comercial del hijo de Filipo II de Macedonia y Olimpia de Epiro, el futuro Alejandro III, más conocido como Alejandro Magno, nacido en la corte de Pela en el año 356 a.C.

El principal precedente quedaba muy lejano, Alejandro Magno de Robert Rossen fue filmada en 1956. Rossen, un director muy interesante que había sido perseguido durante el macartismo, se encontraba durante el rodaje en el crepúsculo de su carrera, realizando una correcta cinta de aventuras, pero sin ahondar en exceso (Alonso, 2013: 259-260). Hasta nuestro objeto de estudio, era la única aproximación de Hollywood al líder de la gran coalición helena que marchó a dominar el vasto Imperio Persa y luego ambicionó llegar a los límites del mundo conocido. Previamente, hallamos curiosas producciones europeas e hindúes con el denominador común de que su Alejandro sigue siendo un héroe galante de capa y espada (Cañas Pelayo y Míguez Santa Cruz, 2014: 304-306).

Marco teórico: un montaje diferente

Oliver Stone siempre consideró incómoda la versión estrenada por Warner Bros, puesto que en el montaje quedaron suprimidas muchas escenas destinadas a conocer con detalle la psicología de los personajes principales. Gracias a las posibilidades del mercado de Blu-Ray y DVD, pronto circularon versiones que eran más del agrado del cineasta. Para nuestro trabajo en el aula, hemos optado por Alexander Revisited: The Final Cut por ser la más próxima a la idea original de Stone.

Como fuere, el punto de partida es el mismo en todas: una calurosa Babilonia durante el mes de junio del año 323 a.C. Alejandro Magno, quien apenas sobrepasa la treintena, languidece en su lecho, mientras sus generales y cortesanos esperan expectantes para ver a quién entrega su anillo el soberano más poderoso del mundo conocido.

A partir de esa escena, comienzan los saltos y retrocesos en el tiempo, otra de las exigencias de este filme en comparativa con otros exponentes de su género, los cuales tienen una narración lineal y sin sobresaltos.

De hecho, el siguiente flashforward es muy brusco. Nada menos que cuatro décadas después en la ciudad de Alejandría (Egipto), fundada por el propio conquistador macedonio. Allí, el envejecido faraón Ptolomeo (Anthony Hopkins), narra a sus escribas las peripecias de su vida. En su monólogo, afirma ser el último superviviente de toda una época.

De hecho, así fue en los eventos históricos. La muerte de Alejandro llevó a la fragmentación de su Imperio, puesto que sus generales y amigos, Los Diádocos, tardaron muy poco en combatir entre ellos por el poder (Waterfield, 2012: 31-32).

En Alejandría, Ptolomeo dictó unas interesantes memorias acerca del conquistador. Si bien no sabemos con exactitud el contenido de su obra, fue una gran influencia para los historiadores grecorromanos que escribieron biografías con mucha posterioridad sobre Alejandro, alterando algunos hechos para favorecer su participación.

Tener un narrador tan subjetivo ayuda a advertir al alumnado del difícil análisis de las fuentes, fomentando que sean críticos con la información que se les va a ofrecer.

En su repaso, habla de los proyectos del monarca Filipo II (359-336 a.C.), ante cuyo busto la cámara se detiene, siendo el más grande de los mismos la unión de toda Grecia para marchar contra el Imperio Persa y vengar las antiguas invasiones sufridas en el siglo V a.C.

Esos objetivos fueron heredados por su hijo, Alejandro. Fijándose en el mapa, la voz de Ptolomeo marca el enfrentamiento sucedido en la llanura de Gaugamela (331 a.C.), el choque decisivo de su señor contra el Gran Rey de Persia, Darío III.

Dicho mapa irá ubicando los sucesos fundamentales, algo que, finalizado el visionado en el aula, nos permitirá proponer ejercicios como el siguiente: https://es.educaplay.com/recursos-educativos/5826078-el_mapa_de_ptolomeo.html.

Tras este inusual prólogo, arrancamos nuestro siguiente punto, vinculado a dicha batalla, incluyendo una de las mejores recreaciones bélicas de dicho periodo..

Materiales para trabajar en el aula: Gaugamela de Oliver Stone

La batalla de Gaugamela en Alejandro Magno (2004) de Oliver Stone.

Una de las claves que permitió a Filipo II y a Alejandro liderar a Grecia fue el ejército. Las reformas introducidas por el primero eran un plan a largo plazo que permitió a su hijo dominar los campos de batalla de Asia durante años. A diferencia de sus predecesoras, el asesoramiento en Alejandro Magno muestra una película que cuida al máximo los detalles de este peculiar sistema bélico. Sobresale en ese punto la figura de Robin Lane Fox, autor de una célebre biografía (2007) sobre el protagonista. Esto puede permitirnos un doble juego con el alumnado, utilizando cuestionarios donde se enfrente la información histórica aprendida con la forma de mostrarse en la película. Por ejemplo, a través de un Kahoot como este: https://create.kahoot.it/share/alexander-the-great-kahoot/15b8c200-c2bf-4ba8-8541-2fa3fceb99fd.

Adaptados a un nivel de dificultad que se corresponda con la etapa educativa a la que cada docente enfoque el trabajo con la película, se pueden proponer pasajes textuales de distintos/as autores/as. En castellano, la producción bibliográfica sobre Alejandro es muy amplia, recomendando en nuestro caso el estado de la cuestión actualizado que hallamos en la monografía de Domínguez Monedero (2013).

Centrándonos ya en la recreación bélica de Stone sobre el enfrentamiento decisivo de Gaugamela, cabe subrayar la alternancia de planos donde vemos los sacrificios realizados por Alejandro para ganar el favor de los dioses y otros en que su temida falange macedonia va preparándose para marchar al campo de batalla. Tras años de severo adiestramiento, aquellos soldados estaban acostumbrados a desplazarse en formaciones compactas de élite que, armadas con las alargadas sarisas, podían formar muros impenetrables para sus oponentes (Karunanithy, 2013).

Como bien han reflejado estudios previos (Prieto y Antela, 2008: 271), la amarga experiencia de Oliver Stone en Vietnam, narrada por él mismo (Stone, 2020), le hace ser un director poco dado a glorificar la guerra, mostrando su sinsentido y horror. Sus batallas están repletas de sufrimiento, buscando la cámara esa sensación de incertidumbre.

En un péplum o película de aventuras clásica, Gaugamela sería el clímax. Sin embargo, Oliver Stone en su montaje personal apuesta por colocarlo tras su introducción, queriendo mostrar de inmediato la jornada que aupó a su prota-gonista al trono de Persia. Previamente, durante su viaje por Egipto, el prestigioso oráculo de Siwa le había reconocido como hijo del dios Zeus-Amón (Cartledge, 2009: 141-142).

Aunque fue una de las partes más elogiadas por la crítica desde su estreno, esta recreación merece más atención si cabe por su detallismo. Alejandro usó con habilidad a su caballería, logrando un desvío que le permitió colocarse justo donde quería, ante el Gran Rey Darío, a quien hizo huir, abandonando su carro de oro (Lane Fox, 2007: 374-391).

Paralelamente eso sucede, observamos como el veterano general Parmenión (John Kavanagh) sufre para mantener en orden su flanco izquierdo, ampliamente superado en número. En lugar de poder perseguir al fugitivo Darío, un enfurecido Alejandro debe dar marcha atrás para proteger a sus infantes. Aquí ya tenemos uno de los primeros grandes debates sobre las versiones de un mismo acontecimiento, algo que sucede asimismo en las crónicas históricas.

Junto con Antípatro, Parmenión fue el general de confianza del padre de Alejandro Magno, siendo el brazo derecho de Filipo en el campo de batalla (Karunanithy, 2013: 9-11). Stone lo coloca cuestionando algunas de las maniobras más osadas de su comandante en Gaugamela. Teniendo en cuenta la notable diferencia de edad entre ambos, no es descabellado que la brecha generacional les hiciera tener roces, máxime con un monarca que dormía con un rollo de la Ilíada bajo la almohada y que seguía al máximo el lema con el que comienza el filme: Audaces fortuna iuvat. Los guionistas Christopher Kyle, Laeta Kalogridis y el propio Stone usan este elogio a la valentía del poeta romano Virgilio (Lane Fox, 2005).

Parmenión en Alejandro Magno (2004) de Oliver Stone.

No obstante, esa tradición de presentar a Parmenión como a un timorato a quien Alejandro menosprecia un relato muy posterior. El principal responsable fue el cronista Calístenes, sobrino del filósofo Aristóteles, el cual viajó a Asia para hacer una historia propagandística alabando a su caudillo, subestimando a su veterano lugarteniente.

En ese sentido, la Gaugamela de Stone se queda en un curioso punto intermedio. Alejandro está frustrado por no poder perseguir a Darío, pero tiene la sensatez suficiente para volver a auxiliar el flanco maltrecho. En las escenas observamos a Parmenión combatir con valor, aunque también confiesa a su hijo Filotas (Joseph Morgan) que teme que el rey los haya traicionado y dejado a su suerte.

Con todo, la película reserva un momento para intentar reconciliar a los dos personajes. Ausente Darío, la hermosa capital de Babilonia no tiene otro remedio que recibir con sus mejores galas a los conquistadores. Parmenión dirá a su soberano que, pese a sus diferencias, sabe que Filipo habría estado muy orgulloso de Alejandro. El joven líder le besa, disculpándose por su mal genio.

No son los únicos detalles de humanidad. En este género, las batallas son tan espectaculares como olvidables en sus efectos, saliendo los protagonistas casi indemnes. Aquí, incluso el propio monarca está a punto de morir, si bien es salvado oportunamente por Clito El Negro (Gary Stretch), oficial macedonio. En realidad, este hecho verídico no ocurrió en Gaugamela, sucedió mucho antes (Bosworth, 1996: 56-57).

En resumen, un enfrentamiento espectacular repleto de detalles que hacen referencia a detalles de armamento y táctica que no suelen ser tan frecuentes en las grandes producciones.

Estos elementos dan potencial a este largometraje para ser fuente de ejercicios relativos a vocabulario que podemos trasladar a juegos como las sopas de letras: https://es.educaplay.com/recursos-educativos/5826880-sopa_de_letras_macedonia.html.

Más allá de eso, permite este primer acto ahondar en algunos de los motores del Alejandro interpretado por Colin Farrell: un líder carismático que sabe arengar a sus tropas, estratega astuto, pero también atado al ideal homérico. Conocida esa faceta, la que hubiera cerrado la película en un formato tradicional, se nos va a presentar su lado más íntimo.

Edipo y Prometeo: valores mitológicos en el aula

A pesar de ser tan controvertida en la previa de su estreno, las dos grandes relaciones homosexuales conocidas del protagonista son narradas con mucha sutileza. Una breve pero sincera conversación con Hefestión (Jared Leto) antes del combate, su confidente más cercano (Cartledge y Greenland, 2010: 183-216), y la fascinación que le produce ver en el palacio babilónico al eunuco Bagoas (Francisco Bosch).

Si bien son pocos, hay flashbacks suficientes que ahondan en la relación con el primero. Hefestión fue uno de los compañeros de infancia de Alejandro con los que se educó para tener un círculo de confianza cuando fuese rey. Ambos jóvenes se tenían un afecto mutuo intenso y compartían la pasión por los versos homéricos. Si el príncipe macedonio quería ser Aquiles, su amigo era Patroclo, respaldo y amante (Renault, 2004: 337-341).

Eso no era tan fácil de trasladar al celuloide, de la misma forma que su vínculo con Bagoas, esbozado con sutileza en la cinta, además de metáfora de un viraje emocional de su actitud hacia el mundo persa que dejó perplejos a muchos de sus aliados griegos. Antiguo amante masculino favorito de su rival Darío, Alejandro lo adoptó como propio, al igual que al resto de la familia real (Prieto y Antela, 2008: 272). Con ninguno de ellos se ruedan escenas de marcado contenido sexual, aunque sí de suma emotividad. Es un homenaje a la verdadera actitud de Alejandro con respecto al sexo durante buena parte de su juventud y que conecta con la visión del filme.

Bagoas en Alejandro Magno (2004) de Oliver Stone.

Hijo de Filipo y Olimpia, ambos fueron dos personalidades extraordinarias y muy activas en ese campo. El monarca no solamente fue polígamo por su inteligente política exterior de casarse con princesas de regiones limítrofes, también gustaba de la compañía de toda clase de amantes. Olimpia, por su lado, rendía un fuerte culto a Dionisos, la deidad del vino y las celebraciones, un culto marcadamente femenino en una sociedad machista.

No es casual que el primer recuerdo infantil de Alejandro en la película sea una terrible discusión en los aposentos privados de Olimpia con Filipo. Aunque se casaron por conveniencia diplomática, sus primeros compases de la relación parecieron apasionados, teniendo un hijo y una hija con rapidez. De cualquier modo, las constantes infidelidades de su marido y su propio carácter hicieron a Olimpia usar a su prole como arma arrojadiza contra Filipo, destacando su creencia sobre que el pequeño era, en realidad, hijo de un dios que visitó sus aposentos en forma de serpiente. Angelina Jolie, encargada de dar vida a la reina epirota que engendró al conquistador, se jacta de ello ante su enfurecido marido. La creencia en embarazos mitológicos era usual en las casas reales griegas (Graves, 2018: 71-74), además, las relaciones entre Epiro y Macedonia no estuvieron exentas de tensión (Domínguez Monedero, 2013), por lo que la cuestión iba más allá del duelo personal.

No son un mero detalle de decorado las serpientes que siempre rondan ocultas por las habitaciones de Olimpia, así como las pinturas sobre la guerra de Troya. La madre se refiere de forma frecuente a su hijo como “pequeño Aquiles”, sembrando en él el ansia de emular la gloria de su antepasado en Asia, así como los misterios religiosos.

Olimpia en Alejandro Magno (2004) de Oliver Stone.

Estas redes emocionales resultan complejas, máxime para ser explicadas en el aula. Por ello, un medio como el cine puede permitir desarrollar estas conexiones con más sentido novelesco del que podría permitirse un texto histórico, con la gamificación: https://es.educaplay.com/recursos-educativos/5828507-relaciona_a_los_personajes.html.

Las ambiciones de Filipo, un político y estratega hábil que llevó a un pueblo en el norte de la región griega a ser una potencia capaz de unificar a toda la Hélade para una campaña frente a Persia (Sánchez Sanz, 2013), le hacían estar muy ausente en los cruciales años de formación de un hijo que parecía mostrar una gran sensibilidad y apego por su madre.

Algunos especialistas consideran que, si tras esos primeros años, Alejandro hubiera podido relacionarse con Filipo sin las presiones de Olimpia, se habría ahorrado uno de los grandes traumas de presión familiar que marcaron su personalidad (Renault, 2004: 71-74). Nuestro narrador durante todo el metraje, Ptolomeo, avala esa teoría y afirma que los excesos que presenció en su niñez le hicieron volcarse completamente en la amistad. Se trata de un estudio psicológico que escapa a los estándares del biopic épico, con dos modelos educativos destinados a chocar.

Hay una escena en este primer tramo de la película que marca la forma de concebir el mundo de Filipo. Llevando a su joven hijo a unas cuevas subterráneas de Pela le muestra allí pinturas de los grandes mitos de Grecia: Edipo arrancándose los ojos, la locura de Heracles, etc. Es el gran soliloquio de Filipo en la obra de Stone y no es casual que el actor para llevarlo a cabo sea Val Kilmer, a quien años atrás barajó para ser su Alejandro, puesto que era un proyecto que tenía en mente desde décadas atrás. A la altura de 2004, el actor abordaría un personaje igualmente fascinante. Caracterizado como un hombre tuerto, plagado de cicatrices y con cojera, el semblante de Filipo contrasta con la belleza de Olimpia y el angelical aspecto de Alejandro. Sin embargo, en su juventud había sido un varón muy apuesto, conservando incluso tras tantas fatigas un carisma que reconocía incluso su enemigo ateniense Demóstenes (López Eire, 1998).

Filipo en Alejandro Magno (2004) de Oliver Stone.

Todas las escenas del Alejandro niño con sus padres tienen un significado especial para el di-rector, quien proyecta allí sus experiencias vitales. Sean Stone, su hijo, reflexiona sobre ello en el documental Fight Against Time: Oliver Stone's Alexander (2005). En las cuevas, Filipo se intenta sincerar, llegando a contar experiencias tan duras como la sensación que tuvo al matar a su primer hombre en combate. Si Olimpia es la maestra de los sueños de gloria, Alejandro aprende de Filipo otra cara de la moneda igualmente valiosa: el precio del éxito. La versión extendida incide más en el mito de Prometeo, el paladín de los titanes que robó el fuego a los dioses, siendo encadenado por ello.

Estamos ante las escenas más didácticas de toda la película, dignas de especial atención. No solamente muestran la época, exhiben cómo se transmitían esos valores a las personas jóvenes. Este aprendizaje lleva a empatizar al alumnado, quienes pueden verse, como si estuvieran allí, en esas conversaciones o en las clases que les imparte Aristóteles. Herramientas como Jeopardy Labs pueden permitir consolidar estos conocimientos en grupo: https://jeopardylabs.com/play/jeopardy-helenismo.

Durante todo el metraje, observaremos a un Alejandro que se debate en un anhelo infantil: conciliar el deseo materno de ser Aquiles y seguir los pasos de su padre, buscando sobrepasarle, siendo un verdadero Prometeo capaz de enseñar a la humanidad otros caminos (Hard, 2009).

Festín de cuervos

Durante la triunfal entrada en Babilonia, el noble macedonio Casandro (Jonathan Rhys-Meyers) se jacta de que, con el tesoro del fugitivo Darío, dispondrán de fondos suficientes para sostener varias generaciones de ejércitos. Con panorámicas tan apetecibles como los Jardines Colgantes recreadas a ordenador, Alejandro replica que Macedonia se corrompería con ese oro y advierte del festín de cuervos en el que se convertiría.

En la realidad de la época, esa conversación bien pudo haber tenido lugar, puesto que Casandro y su rey tenían una visión muy distinta de cómo regir el creciente imperio. No obstante, el Casandro histórico tardó mucho en unirse a la campaña persa, pero el argumento de la película prefiere colocarlo desde el principio para subrayar sus actos posteriores: fue uno de los más ambiciosos sucesores del conquistador, hasta el punto de exterminar a su linaje en Macedonia y manipular los Diarios registrados por los secretarios de palacio, presentándole como un déspota borracho (Casals, 2018: 132).

A pesar de ser los dueños de Grecia y Asia, las disputas internas del círculo de Compañeros del conquistador irían creciendo cada día. Probablemente, aquí el argumento se vea desbordado por la complejidad de esas intrigas cortesanas, sintetizando y entremezclando muchas de ellas, alterando la cronología histórica.

En Alejandro Revisitado, Stone se concentra en el descubrimiento por parte de Alejandro de que Darío ha sido asesinado por sus propios hombres. Astutamente, el conquistador se declara vengador de su predecesor y va aniquilando en las llanuras de Escitia a cualquier pretendiente al trono de Asia. Poniendo énfasis en su perplejidad ante aquel recuerdo, Ptolomeo afirma que en las montañas de la lejana Bactria, su rey les sorprendió a todos al decidir casarse con la hija del sátrapa de una fortaleza (Alonso, 2013: 287).

La elegida es Roxana (Rosario Dawson), quien es presentada a través de una espectacular danza. Su nueva esposa enfurece mucho a los generales, quienes lo consideran un insulto a sus mujeres macedonias. Parmenión es quien encabeza las protestas, apoyado por Filotas y Casandro, algo del todo imposible porque el veterano militar ya estaba muerto en la historia real. Con todo, sí reflejan la mentalidad de no dar rango a las concubinas asiáticas, contrastando con la política de su soberano (Zaragoza Serrano, 2017).

Roxana en Alejandro Magno (2004) de Oliver Stone.

La noche de bodas es planteada por la película como la primera relación de Alejandro con una mujer. Si fue o no su primera noche de amor heterosexual es menos relevante que su confesión, lamentándose de que esa indómita guerrera de las montañas sea un pálido reflejo del corazón de su madre. Es decir, ese vínculo edípico que lleva a uno de los flashbacks más reveladores, entremezclado con los acontecimientos de la narración: una celebración en el pasado donde un joven Alejandro, recién empezada su edad adulta, desafía a su padre por vengar el honor de su madre, junto con el descubrimiento en el presente persa de una conjura para asesinarle poco después de sus esponsales.

Dos bodas con décadas de diferencia, aunque marcadas por la tragedia. La del pasado fue la unión de Filipo con Eurídice, una noble macedonia; las esposas y amantes del rey eran muchas, pero era la primera vez que existía una candidata con más derechos que Olimpia y su prole en la línea dinástica. Agitado por los susurros de su progenitora, Alejandro estalla por el malévolo brindis conyugal del tutor de Eurídice, el general Atalo (Nick Dunning), quien pide un heredero al trono de pura sangre, iniciándose un conato de pelea entre la facción de sus amigos y los partidarios de Atalo, ante la atónita mirada de los invitados griegos, saldándose con el exilio del príncipe.

Esa vergüenza que siente Filipo de ser visto como salvaje por los otros helenos es un mérito a ponderar de la cinta y perdido en los doblajes. De hecho, puede permitir interesantes ejercicios para bilingüismo. Los responsables de casting buscaron que los principales personajes macedonios fueran interpretados por intérpretes de ascendencia irlandesa, en contraste con los griegos que serían americanos y británicos. Es un guiño a la época, puesto que el dialecto macedonio difería del resto. La gran fuente usada por Stone es Plutarco, autor muy posterior a los hechos (Renault, 2004: 24-25), pero quien deja en sus Vidas paralelas anécdotas muy coloridas de ese banquete, así como de la doma de Bucéfalo, el caballo de Alejandro (Petrovic, 2008: 163-184).

Parmenión intenta proteger al joven, calmando a un enfurecido Filipo. No es un hecho casual, pues esta memoria va combinada con una conjura de asesinato en Persia donde Filotas es pronto involucrado. Con ironía, nuestro narrador Ptolomeo afirma que ninguno de los Compañeros defendió al hijo mayor de Parmenión porque codiciaban sus cargos y riquezas. Rápidamente ajusticiado, su ejecución comprometía a su padre.

Alejandro se había desembarazado honorablemente del veterano lugarteniente, dándole el mando de una poderosa fuerza en Hamadán, desde donde debía ordenar su retaguardia y mandarle refuerzos. Si Parmenión se enteraba del proceso a Filotas, habría podido muy fácilmente poner en peligro todas las líneas de comunicación del asesino de su hijo. Dramáticamente, se le ejecuta de forma ignominiosa (Alonso, 2013: 283-288).

La ejecución de Filotas en Alejandro Magno (2004) de Oliver Stone.

Dionisos en la India

En su versión definitiva, Oliver Stone ofrece un interludio, al estilo de Cecil B. DeMille en sus grandes epopeyas, el cual tiene la marca fronteriza de la India, el gran reto que afrontó su protagonista tras dominar el Imperio Persa. Nuevamente, el filme busca concentrar en una única batalla hechos históricos que ocurrieron dispersos a lo largo de la campaña. Usando los paisajes de Indonesia, la obra recrea el choque de Hidaspes, en el año 326 a.C. Es un enfrentamiento distinto, donde faltan ya veteranos de Gaugamela y el contingente asiático en sus filas es notorio.

Allí Alejandro es herido de extrema gravedad, perdiendo a su querido caballo Bucéfalo y teniendo que ser sacado del frente sobre su escudo. En realidad, la terrible perforación de pecho que sufrió le sucedió durante el regreso (Lane Fox, 2007: 609-611).

Planteamos que la cinta realmente concebida por Stone son dos grandes bloques, separados por el interludio. El primero tiene el esplendor de Gaugamela, el auge de la figura del conquistador, acompañado de sus recuerdos infantiles. Por su lado, el segundo bloque, que ahora nos ocupa, lleva a la campaña en la India, donde su ejército de veteranos está absolutamente agotado, chocando con tribus fanatizadas religiosamente que les van planteando resistencia encarnizada. Acertadamente, estudios previos del filme han querido ver aquí un paralelismo del choque de las invasiones estadounidenses en Oriente Próximo (Prieto y Antela, 2008: 272-273), muy criticadas por Stone (Alonso, 2013: 288).

Igual que en la primera parte, hay dolorosos acontecimientos en el presente que le hacen rememorar experiencias clave de su pasado. Nos referimos al asesinato de Clito El Negro a manos de Alejandro durante un banquete dionisíaco, donde el veterano oficial protesta contra las lisonjas y reverencias que va recibiendo su rey, añorando los días más sencillos de Filipo. Quejas que complacían poco a un soberano que era comparado con Heracles, a quien incluso imitaba en vestimenta. Ahora buscaba semejanzas con Dionisos, el primer olímpico que llegó a la India. Los historiadores griegos, aborrecedores de los monarcas absolutos y del mundo persa, quisieron convertir a Clito en un mártir por la libertad. De igual forma, la literatura cortesana y la historiografía fascinada por el orientalismo de Alejandro tornaron al asesinado oficial en un traidor, obviando su profundo vínculo anterior (Antczak y Tudor Ionescu, 2015: 161-175).

Ese tipo de crímenes y excesos eran desafortunadamente frecuentes en el mundo de la nobleza macedonia, donde, además, una prueba de virilidad y grandeza era ingerir grandes cantidades de vino. Stone tiene el mérito de no tomar partido en la reyerta, siendo meramente descriptivo, lo cual puede propiciar el debate en el aula. El shock de ejecutar a Clito lleva a desenredar el último gran recuerdo, nos atreveríamos a decir que el corazón de la cinta.

El montaje nos devuelve a Macedonia, al teatro de Egas en el año 336 a.C. Alejandro acaba de regresar de su exilio y cabalga con su padre, repleto de orgullo por el homenaje que va a recibir de sus aliados griegos. En el horizonte está Persia, donde irán en campaña en cuanto llegue la primavera. En algunos de los diálogos más elaborados de toda la obra, se ahonda en su compleja relación de amor-odio. Cuando bajan de sus monturas, son recibidos por Clito, a quien Filipo abraza como amigo y pide que lo sea de Alejandro. Tanto Clito como el príncipe se muestran inquietos por la decisión del monarca de entrar sin escolta para demostrar que no es ningún tirano.

Filipo y Alejandro en Alejandro Magno (2004) de Oliver Stone.

A través de travelling, buscando ofrecer más realismo en las imágenes, se observa al resto de la concurrencia que aguarda la llegada de Filipo a la arena para ser aclamado como un dios más del Panteón. Olimpia mira, conteniendo sus verdaderas intenciones, a su rival Eurídice, la cual sostiene a un niño recién nacido, rival potencial al trono. La mera fuerza del personaje de Jolie sentada y sin hacer nada basta para generar otra discusión paterno-filial. Aunque Alejandro parece querer acompañarle por temer por su seguridad, el ojo de su progenitor solamente ve su ambiciosa esposa queriendo reafirmar que su retoño es el heredero. Con todo, el príncipe macedonio tiene un último detalle de empatía con su padre, quizás imaginando que pueden ser sus últimas palabras con él: “Sé valiente, padre. Recuerda que cada paso que das, celebra tu valor”. Una última caricia de Filipo y el homenajeado avanza solo al escenario para ser sorprendido por Pausanias, el jefe de su guardia, quien le besa y apuñala acto seguido.

Aunque haya miles de años de diferencia, aquí Oliver Stone vuelve a hablar de un suceso que cambió la historia contemporánea estadounidense: el magnicidio del presidente Kennedy en Dallas (1963). A pesar de la detención de Lee Harvey Oswald, buena parte de la sociedad americana pensó que había una conspiración detrás. El Pausanias de Alejandro Magno ejerce la misma función que Oswald en JFK (1991). A punto de escapar, tropieza y es ejecutado, lo cual nos priva de un interrogatorio clave (Moldovan, 2016: 167-190). Como en una tragedia de Eurípides, un aturdido Alejandro es aupado como rey ante la insistencia de sus camaradas, sobre todo Hefestión. Está claro que la versión de Oliver Stone exonera por completo a su protagonista del asesinato, poniendo todo el foco en una sonriente Olimpia, misma teoría también manejada por Rossen (Alonso, 2013: 281-282).

La realidad histórica nunca fue tan clara. Los análisis sobre las motivaciones de Pausanias van desde una venganza amorosa, tesis de nuestro filme, hasta el oro persa. La democrática Atenas también es sospechosa, al igual que el propio Alejandro, aunque algunos estudios descartan que se hubiera atrevido al parricidio por su código de honor y ser el peor castigo reservado por las Furias a quienes osaban cometerlo. Asimismo, abreviado en la película proyectada en cines, el último parlamento de Olimpia con su hijo es la confesión.

No hay pruebas concluyentes en las fuentes para aceptarlo o rebatirlo con certeza. De hecho, la verdadera Olimpia no estuvo ni siquiera en Egas, si bien regresó para festejar la acción de Pausanias. Recreado en muchos medios, destacando el cómic (Pelegrín Campo, 2019: 357-406), el complicado círculo familiar de Alejandro puede llevarnos a hacer versiones de juegos como Cluedo, donde el alumnado pueda desarrollar sus propias teorías. Puesto que es imposible dilucidar una respuesta concluyente, sí pueden practicar con el método de la investigación histórica para elaborar hipótesis en base a los datos disponibles. Formatos como la WebQuest son idóneos para ello: https://drive.google.com/file/d/1efnVnNv3j5-l9kMLQN16XOz8aO-EPhAr/view?usp=sharing.

El final de Camelot: motines y veneno

En sus constantes campañas, Alejandro había llevado el helenismo, la cultura griega, a confines no soñados. Los medios que empleó para su sueño no estuvieron reñidos con la espada y la destrucción, pero sería al fin derrotado por sus propios soldados en el motín de Opis (324 a.C.). Si bien el joven rey se mostró casi invencible en el campo de batalla, acariciando la quimera de fusionar dos civilizaciones, no contó con el agotamiento de unas tropas cansadas de marchas y riesgos, sin saber por qué su adorado caudillo daba el mismo trato a los ejércitos vencidos que a ellos, quienes compartían sus peligros.

Es la parte del epílogo del filme, con un conquistador exhausto que debe posponer sus sueños de ver los confines de la Tierra, según su concepción aristotélica (Gómez Espelosín, 2018: 62-65). Cuando cede a su ambición personal y les hace volver a casa, el poderoso fantasma de Filipo, rejuvenecido y en armadura negra, se le aparece. No podía imaginar que en el camino a Babilonia vería la muerte de su querido Hefestión, momento que casi le hizo enloquecer. A día de hoy, siguen sorprendiendo los rumores en vísperas de su estreno de que un bufete de letrados griego fuera a demandar a la Warner Bros por deteriorar la imagen de un héroe nacional. La relación Alejandro-Hefestión siempre es tratada con una enorme delicadeza, al igual que con Bagoas.

Este último acto es uno de los más perjudicados por los cortes del primer montaje. De fondo en muchas escenas palaciegas y en los viajes por los rincones del imperio persa, puede apreciarse el progresivo odio de Roxana por el favoritismo a Hefestión. Loco por la pérdida de su Patroclo por misteriosas fiebres, se dirigirá a las estancias de Roxana, donde la agrede de una forma muy parecida a la de su padre con Olimpia. Pronto, él mismo caerá enfermo.

El Alejandro de Stone vuelve a tener similitudes con el presidente Kennedy, quien había soñado con hacer un nuevo Camelot en la Casa Blanca y fue asesinado joven entre polémicas intrigas (Moldovan, 206: 167-190). En el discurso final, Ptolomeo termina admitiendo que sus amigos le envenenaron por ser incapaces de seguir ese ritmo de descabelladas campañas y temiendo compartir el destino de Clito o Parmenión. Avergonzado pide a su escriba de confianza que borre esas divagaciones de anciano y ponga la versión oficial, la cual ha llegado hasta nosotros, su muerte por fiebres en Babilonia.

Transcurridos más de quince años de su estreno, Alejandro Magno puede ser una cinta que, bajo ciertos estándares, pueda ser considerada un fracaso. De cualquier modo, incluso en sus ausencias, fomenta una crítica e interés que hacen de cualquier revisitación a este filme una gran oportunidad para la enseñanza de la Antigüedad (Cartledge y Greenland, 2010).

Alejandro en Alejandro Magno (2004) de Oliver Stone.

 

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Autor: Marcos Rafael Cañas Pelayo

Doctor Europeo por la Universidad de Córdoba (UCO). Máster en Cinematografía. Profesor de Geografía e Historia en el IES Maimónides (Córdoba).