Algunas reflexiones sobre la presencia del cine en el universo educativo

Artículo publicado en el número 55 de la revista Making Of
Artículo publicado en el número 55 de la revista Making Of

Disquisición sobre la relación del séptimo arte con el mundo docente, así como el análisis del sistema educativo español y sus graves deficiencias respecto a la evolución y progreso de la sociedad española.


Cuando se habla del nacimiento del cine sistemáticamente se recurre a la fecha del 28 de diciembre del año 1895, el día que los espectadores que llenaban el Salon Indien del Grand Café, en el Boulevard des Capulines de París, asistieron a la primera proyección pública programada por los Hermanos Lumière. Aquellas personas, seguramente atónitas y fascinadas ante aquel increíble invento, pudieron visualizar, entre otras, películas como Salida de la fábrica Lumière, Llegada de un tren a la estación de la Ciotar o El desayuno del bebé.

Lo que la mayoría no sabe es que unos meses antes, exactamente el 22 de marzo de 1895 fue mostrada en París, en una reunión extraordinaria de la Société d'Encouragement à l'Industrie Nationale, la conocida La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir (Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir), rodada sólo tres días antes: el 19 de marzo de 1895. Esa sería la primera de una serie de proyecciones privadas con las que los hermanos Lumière decidieron agasajar a los científicos de la época. Tras dar a conocer su invento en la Universidad de la Sorbona, los pioneros decidieron que el gran público conociera los parabienes del invento.

Resulta paradójico que el cine, antes que un espectáculo público, fue observado como un invento; como una innovación tecnológica que podía suponer un gran avance para los científicos que trabajaban durante aquellos fascinantes años de finales del siglo XIX.  Ellos nunca creyeron en la viabilidad comercial de su invento, en las posibilidades artísticas y culturales de ese aparato que se limitaba a proyectar imágenes en movimiento. En ningún momento pensaron que el aparato pudiera tener validez como instrumento para transmitir valores y conocimientos.

Desgraciadamente más de cien años después, cuando el cine se ha convertido en uno de los mayores referentes culturales de la humanidad, todavía hay muchas personas que siguen sin creer en las posibilidades formativas del medio.

El estado de las cosas

Es evidente que el sistema educativo español tiene grandes y serios problemas. Dejando de lado los que todos conocemos (falta de recursos, desmotivación, deficiente formación inicial, nulo interés por parte de las autoridades, escaso apoyo de los padres, etc.) y centrándonos en los aspectos puramente metodológicos, dos son las cuestiones que, desde mi punto de vista, más llaman la atención: la falta de imaginación y la inexistente sintonía de lo educativo, así en general, con la realidad personal y cultural del alumno. Vamos, que hemos sido incapaces de adaptarnos a los cambios radicales que ha sufrido la sociedad y, por ende, lograr que en nuestras aulas se produzca la sinergia necesaria para que los procesos formativos resulten significativos.

Sí queridos lectores, con todas las excepciones que queramos, que las hay y muchas, nos hemos convertido en unos meros transmisores de conocimiento; en un colectivo que se limita a reproducir los mismos esquemas que ya eran viejos hace treinta años. La Reforma Educativa, algo “formidable” sobre el papel pero cuyos resultados distan mucho de ser los deseados (no vamos a recordar los resultados del último informe PISA), no ha hecho más que agravar los problemas. El empleo de las teorías constructivitas más innovadoras, la implementación de las nuevas tecnologías como estrategia para optimizar los aprendizajes, la cultura del esfuerzo personal, la gestión de los intereses culturales de los alumnos desde un punto de vista formativo o la utilización coherente de las ideas de Goleman y su inteligencia emocional, son aspectos que se tienen poco o nada en cuenta. Sin ánimo de resultar catastrofistas, el mundo de la educación se encuentra en un punto muerto del que necesariamente ha de salir.

Desde los postulados más renovadores, se apuesta por que los docentes hagan un esfuerzo para vincular sus metodologías con todo aquello que forma parte de la realidad cotidiana de los alumnos. Aunque aún estemos a años luz de algunos de nuestros vecinos europeos, la utilización de Internet, de los programas multimedia y de los medios de comunicación de masas ya empieza a ser una realidad. El problema es que todo ello se está haciendo sin excesivo criterio y de forma muy residual. A excepción de los cuatro francotiradores que desde las escuelas creen en el enorme potencial de las nuevas tecnologías como recurso, muy pocos son los docentes que se plantean innovar y cambiar sus planteamientos didácticos. Evidentemente, la deficiente formación inicial, las pocas aportaciones verdaderamente implementables que se exportan desde ese reino de taifas llamado universidad (y esto lo afirma un profesor universitario de Tecnología Educativa) y la falta de recursos no ayudan a ello. Pero ya va siendo hora de dar un simbólico puñetazo en la mesa y plantearnos entre todos una reflexión: ¿Por qué las nuevas tecnologías, que forman parte de la cotidianeidad de nuestros alumnos, no ayudan en nada a mejorar sus niveles de conocimiento? ¿No será que estamos haciendo algo rematadamente mal?

El problema no es del recurso, que ha mostrado su potencial formativo en multitud de ocasiones; el problema es que de él se hace un uso equivocado ya que no somos capaces de explotar su principal virtud: su capacidad para provocar emociones que, debidamente orientadas, deben dar lugar a aprendizajes significativos. Ni más ni menos.

Por retomar nuestros párrafos iniciales, lo que los Lumière no pudieron nunca imaginar es que la principal virtud de su invento, lo que realmente lo convertiría en inmortal y le daría una dimensión universal era su capacidad para generar emociones. Lo mismo que pasa con los cómics, la música, la televisión, Internet, los programas multimedia, los videojuegos o cualquier otro tipo de medio que contenga la magia de la imagen y/o el sonido.

La metodología sí importa

El cine es sólo un recurso didáctico más, pero el poder de las imágenes le otorga un valor añadido difícilmente superable. La capacidad de formar, emocionar, educar y concienciar de la imagen es algo sabido por todos pero entendido por muy pocos. Si cualquier película o programa de televisión es capaz de crear tendencias y estados de opinión en nuestra sociedad, por qué no podemos trasladar todo ello al mundo de la educación, por qué no hablar en audiovisual a unos alumnos que forman parte de un mundo conformado por la imagen en movimiento. Esto, que conocen tan bien los políticos y los creadores de tendencias, no podemos dejarlo de lado.

Esto lo han entendido algunos países europeos. Uno no puede dejar de mirar con cierta envidia a nuestros vecinos franceses cuando se entera de que el ex-ministro de cultura Jack Lang en el año 2000 promulgó un proyecto de introducir la educación cultural y artística en las escuelas, dándole al cine una prioridad especial. Lo mismo podríamos decir de los finlandeses, los alemanes o los suecos. Mención a parte merecen los portugueses, uno de los países donde prácticamente todo el mundo habla inglés gracias a que ven las películas y series siempre subtituladas. Desde los mismísimos Estados Unidos, que no son precisamente un modelo de eficacia educativa, se ha buscado introducir las películas dentro de las aulas como medio para inculcar determinados valores y habilidades sociales.

Dentro del panorama educativo español, la situación se vive de forma distinta. La Reforma únicamente incluye al cine o a los medios audiovisuales como ejes transversales o como parte del contenido, siempre desde un punto de vista colateral, en materias como la historia o la expresión artística. Desde un punto de vista racional, podemos entender esa ausencia: a fin de cuentas quitarle horas a las matemáticas, lenguas o ciencias por algo tan marginal como es el cine o el audiovisual, no resulta ni pedagógicamente coherente ni políticamente correcto. Los profesores enseñan qué es un cuarteto, un soneto y un verso endecasílabo con la certeza de que la mayoría de sus alumnos, por paradójico y triste que resulte, no volverá a leer un poema en su vida. Ahora bien, dedicar unas horas para aprender a decodificar el lenguaje de la imagen no es algo prioritario… aunque la mayoría de las personas que salen de la escuela, o sea todos nosotros, vamos a dedicar más de 1.000 horas de media al año a consumir productos audiovisuales. Cuidado, no queremos decir que la poesía no sea importante; ¡ojalá mucha más gente leyera poemas! Lo que pretendemos es llamar la atención sobre la desconexión entre el mundo real y los programas educativos actuales.

Incluso entendiendo que el cine y los medios audiovisuales no sean una materia de estudio, algo que podría dar pie a una discusión filosófica que no nos llevaría a ningún lado, lo que sí nos parece más preocupante es la nula utilización de estos medios como estrategia dentro de las metodologías docentes habituales. En los años que llevo al frente de Making Of, han sido muchos los lectores que nos han manifestado su interés por utilizar el cine en las aulas. Todas estas personas solicitan recursos, metodologías, fórmulas concretas que les permitan incorporar el cine de forma eficaz a su quehacer diario. Ello explica el éxito de nuestras Guías Didácticas, pero también el desconcierto de unas personas que creen en un medio del que desconocen sus posibilidades reales. La cultura del libro de texto, de las clases magistrales, de la idea del docente como un reproductor de contenidos todavía está demasiado arraigada. A los profesores no se les ofrece la posibilidad de reciclarse, no se les da una formación inicial sobre el tema, no se les facilita la movilidad de horarios, no se les aporta ni medios ni ideas. Mientras los grandes popes del universo educativo discuten sobre la cuadratura del círculo y los metaplanteamietos estériles, los maestros no son capaces de llegar a sus alumnos.

Sin embargo, no basta únicamente con que el cine esté presente; no es suficiente limitarnos a aceptar y demostrar su presencia en los ámbitos educativos. El cine hay que saber utilizarlo, hay que adecuarlo convenientemente a los procesos de aprendizaje, de forma que no dé la impresión, como sucede en la actualidad, que es un simple añadido, un elemento complementario al que no hay que prestar excesiva atención. El cine ha de estar integrado dentro de la educación como una estrategia más, como un elemento de gran calado en la sociedad que puede resultar de suma utilidad en un momento puntual. Desde nuestro modesto punto de vista, el cine ha de ser considerado como algo irrenunciable y necesario para los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Pondré un ejemplo de candente actualidad. Durante el presente curso se está implementando en muchas Comunidades Autónomas la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía. Sin entrar en discusiones filosóficas sobre su idoneidad o necesidad (éste no es el foro para ello), lo cierto es que el mercado se ha inundado de manuales que, con mayor o menor carga ideológica, sirven como material de soporte para cursar la asignatura. Si nos atenemos a la guía docente que repartió el ministerio del ramo, nos encontraremos con que lo que en ella se busca es trabajar conceptos como identidad y civilización, cultura, derechos humanos, convivencia, familia, comunidad, ecología o ciudadanía planetaria. Si entendemos que la asignatura busca que los alumnos reflexionen y tomen conciencia sobre una serie de aspectos relacionados con nuestra realidad social y cultural: ¿Por qué a nadie se le ha ocurrido la idea de orientar los contenidos a partir de películas? Imagínense el trabajo que se podría realizar a través de la proyección de una cinta como American History X. Ésta sería una magnífica oportunidad para intentar hablarles a nuestros alumnos a través de un lenguaje que les resulte cercano. Pero no, recurramos a los socorridos libros de texto que siempre resultan más cómodos y prácticos.

Pero no sólo es necesario que el cine esté presente de una forma seria y rigurosa dentro del universo educativo; también es imprescindible que esta aplicación sea coherente, que los docentes hagan de él un uso educativo y que proporcione aprendizajes. Es necesario establecer pautas de utilización; es imprescindible incidir sobre los ejes que determinan el potencial formativo del medio; es una cuestión prioritaria definir donde radica la capacidad educativa del séptimo arte para, de esta forma, implantar su presencia como eje vertebrador de aprendizajes y conocimientos.

En 1917 Vladimir Ilich Lenin pronunció una frase harto significativa: “El arte debe ser accesible a las masas. Debe concitar los sentimientos, los pensamientos y la voluntad de las masas y elevarlas. Debe despertar y desarrollar su sentido artístico. El cine es la más importante de todas las artes”. Esta idea, descontextualizada de su carga ideológica, resume a la perfección las posibilidades de un medio al que no podemos dar la espalda.

Pequeño (pero importantísimo) epílogo emocional

La presencia actual del cine en nuestro universo educativo es puramente testimonial. Con todas las gloriosas excepciones que queramos poner, éste sólo aparece en las aulas como soporte para tratar algunos temas relacionados con la historia, como complemento para tratar cuestiones propias de eso tan etéreo llamado Educación en Valores y para ofrecer versiones originales con las que practicar el idioma a los estudiantes de inglés. Es decir, como mera comparsa para tratar temas relacionados con aspectos curriculares que, para rizar el rizo, en la mayoría de ocasiones son extremadamente periféricas.

El gran problema de esta visión reduccionista del cine como estrategia formativa es que, a nuestro modo de ver, olvida una cuestión fundamental a la hora de entender la relación entre cine y educación: la participación directa del espectador como mediador, ante la pantalla, de sus propios aprendizajes. Es decir, trabajar la idea del medio desde una perspectiva constructivista-emocional en la que los alumnos, a partir de las emociones que trasmite la pantalla, construyan sus conocimientos, sientan curiosidad por acceder a más contenidos y tengan interés en conocer otros filmes que traten, desde distintos puntos de vista, la misma temática. Las personas ante la pantalla no funcionamos como objetos pasivos que se limitan a engullir información sin que se remuevan sus resortes cognitivos, sin que entren en juego los sentimientos y emociones. Entender al cine como una simple estrategia de soporte implica, de alguna manera, renunciar a la emoción y no tener en cuenta aquella frase de Carl Jung que nos recordaba que: “La emoción es la principal fuente de los procesos conscientes. Sin ella no puede haber transformación de la oscuridad en luz ni de la apatía en movimiento”.

Nosotros creemos que se ha de aprender a través del cine. Y decimos aprender de forma absolutamente consciente: pensamos que el cine, por su capacidad para generar emoción, facilita las estrategias y las herramientas necesarias como para que sea el propio sujeto el mediador en sus procesos de enseñanza-aprendizaje. Ante esta perspectiva, la participación de los docentes se entendería bajo el paradigma del mediador de conocimiento, de un “coach” que, gracias a su experiencia y conocimiento de la materia, es capaz de orientar a sus alumnos para que adquieran aprendizajes significativos.

Dice la sabiduría popular que una imagen vale más que mil palabras. Cuando esta imagen es en movimiento y está dotada de un discurso propio, su capacidad de impacto y penetración en nuestra conciencia es todavía mayor.

Nacho Jarne Esparcia

Autor: Nacho Jarne Esparcia

Nacho Jarne Esparcia es profesor de Tecnología Educativa de la Universidad de Barcelona.


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