X-Men (2000) de Bryan Singer.

Recuperados los derechos de muchos de sus personajes y aunque las franquicias audiovisuales de Spider-Man, Los 4 Fantásticos y los X-Men estaban en manos de otras compañías, Marvel con Blade decide dar un impulso a sus finanzas y potenciar un universo rico en personajes y con millones de seguidores.

Blade representa a la perfección la política que la compañía lleva a cabo durante los primeros años de producción antes de ser absorbida por la todopoderosa Disney: presupuestos medios (que se amplían si las recaudaciones dan pie a posibles secuelas), actores conocidos pero nunca de primera fila (con el consiguiente ahorro en sueldos), respeto por la tradición de los personajes pero siempre actualizando y modernizando sus orígenes y características (lo que garantiza no defraudar ni a los seguidores del cómic ni a los espectadores que lo desconocen y se enfrentan a él por primera vez) y unas campañas de marketing inteligentes. Con unos correctos 20 millones de presupuesto, el protagonismo de Wesley Snipes, una historia con gancho, diseños actuales, estética videoclipera y una buena estrategia de promoción que la enmarcaba dentro del cine de acción y efectos especiales, la película gustó mucho y funcionó relativamente bien. En años posteriores se realizaron dos secuelas: Blade II (2002) y Blade Trinity (2004). Éste era el inicio de la expansión del imperio Marvel en el mundo del séptimo arte.

Su siguiente proyecto fue la adaptación de uno de los grupos más famosos de la casa: los X-Men. Tras contratar a un director con talento como Bryan Singer y trabajar con mimo el guión, la película se estrenó durante el verano del año 2000. Lo que los espectadores pudieron disfrutar fue una excelente cinta de aventuras que, además, resulta modélica sobre cómo ha de ser una adaptación cinematográfica de personajes de cómic: una puesta en escena cuidada, unos efectos especiales al servicio de la historia y unos actores carismáticos que hacen creíbles a los personajes. Con estos antecedentes, no sólo estaban garantizadas futuras películas basadas en personajes Marvel, sino que también se daba vía libre para producir un filme al servicio de la estrella indiscutible de la casa: el asombroso Spider-Man.

Sam Raimi, un director capaz de lo mejor y lo peor, sería el encargado de dirigir las aventuras cinematográficas de Spider-Man. Un presupuesto altísimo, más de cuarenta años de buenas historias como soporte argumental, buenos actores, el apoyo de millones de aficionados ansiosos por ver a su ídolo balancearse por las plateas de todo el mundo… todo parecía soplar a favor para que ésta fuera una gran película. Cuando se produjo el estreno el 5 de mayo del año 2002, todas las expectativas se vieron cumplidas; la cinta no sólo era la mejor adaptación de un personaje de cómic hasta la fecha, sino que también mostraba las posibilidades reales de las nuevas tecnologías a la hora de crear cine entretenido, espectacular y con alma. Unas excelentes críticas y más de 800 millones de dólares de recaudación mundial avalaron al título. La veda estaba abierta.

En los años siguientes llegarían, con mayor o menor fortuna y con presupuestos más o menos ajustados, la subvalorada Daredevil (2003), la fallida El Increíble Hulk (2003), la entretenida El Castigador (2004) y su violenta secuela Punisher War Zone (2008), la espantosa Elektra (2005), la irregular Los 4 Fantásticos (2006) y su espantosa secuela Los 4 Fantásticos y Silver Surfer (2007) o la curiosa Man-Thing (2005). Obviamente no podemos olvidar las dos secuelas de los X-Men (en el año 2003 y 2006) y las dos de Spider-Man (en 2004 y 2006) absolutamente recomendables y que convirtieron a Marvel en la gallina de los huevos de oro.

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