Cine y Medio Ambiente

Making Of 165

Consideraciones generales de un binomio a lo largo de la historia

Análisis y reflexión en torno al tratamiento que el séptimo arte ha dado a los problemas medioambientales y al mal comportamiento del ser humano en relación al entorno.

 

 

 

Desde los comienzos del cine, diferentes autores de la imagen en sus habidas y distintas concepciones, han estudiado y tratado visualmente temáticas o líneas argumentales que exponían la relación del hombre con su entorno, con aquello que le rodeaba, con su medio ambiente. Teniendo en cuenta, que precisamente porque el término medio ambiente hace alusión a algo muy extenso y vasto, casi inabarcable, el cine y sus cómplices generadores de imágenes han ido creando o grabando estas, enmarcadas en diferentes líneas de actuación o discurso narrativo. Lo que se expone a continuación es la manera en cómo el cine y sus agentes o porteadores visuales han ido trasladando existentes problemas medioambientales a la gran pantalla, así como las previsibles amenazas de determinados comportamientos del ser humano en relación a su entorno natural. Entendido este, como todo aquello que le rodea, bien sea el medio natural, la naturaleza propiamente dicha o el resto de seres animales no humanos, es decir, la fauna que conforma y vive en nuestro planeta.

En realidad, las diferentes narrativas fílmicas se han ido construyendo en base a diferentes concepciones políticas o visiones humanístico ambientales. En primer lugar, encontramos el conservacionismo más tradicional donde se busca una coexistencia entre la ambición capitalista, el uso de los recursos y la protección en la medida de lo posible de los espacios naturales, El valle de los gigantes (1919) basada en la novela del mismo nombre de Peter B. Kyne, o el wéstern El caballo de hierro (1924) del director John Ford son algunos ejemplos. En segundo lugar, encontramos quizás la visión mas honesta de la preservación del medio ambiente, sin concesiones a su destrucción, donde la verdadera necesidad es su protección para bien de todo aquello que es humano y no humano. Ejemplo precursor de este segundo bloque narrativo lo encontramos en Nanuk, el esquimal (1922) de Robert Flaherty, una cinta que muestra la relación del hombre y su relación con la naturaleza, abriendo paso a un cine etnográfico a partir de entonces. A partir de la llegada en los años 60 del ambientalismo moderno, se instala en ese ranking de perspectivas político-sociales el ambientalismo moderado y aquel más radical en sus diferentes estadios de pensamiento como son la ecología profunda, la ecología social o el ya más novedoso ecofeminismo. Una temprana reflexión en torno a la incompatibilidad de las estructuras humanas y la naturaleza se puede observar en la película de ficción El nadador (1968) de Frank Perry y Sydney Pollack. Desde entonces, la ficción y en particular el género documental en sus diferentes vertientes discursivas han tratado de acercar al público en general una visión más moderna, si cabe mas radical y comprometida de la posición del ser humano y su relación con la protección del medio ambiente. Ejemplo notable de éxito de público, en la primera década del segundo milenio es el documental Una verdad incómoda (2006) de Davis Guggenheim. Se puede afirmar que el cine a lo largo de su historia ha ido ofreciendo títulos de películas al albor de estas líneas de pensamiento. Así pues, desde el nacimiento del cine y hasta nuestros días donde evidentemente coexiste una mayor sensibilización por los problemas derivados de la degradación del planeta, hay una preocupación por parte de ciertos autores, y por ende una disponibilidad a tratar asuntos o contar historias que posicionan directamente al ser humano con el medio ambiente.

Llegado a este punto de la historia del cine universal, me inclino por reflexionar, aunque sea ligeramente, en torno a la existencia o no de un género que pueda ser llamado «medioambiental». Trazemos un recorrido por ese mapa cinematográfico, que es universal desde un punto de vista histórico y geográfico, y que por tanto ilustra toda una vasta y extensa filmografía. Con el mapa en las manos hemos de subir a lo alto de la montaña desde donde poder visionar el paisaje que conforma esa filmografía. Situados ya delante de ese paisaje, habría que tener de antemano una teoría o si cabe una fórmula, a través de la cual pudiésemos inducir específicas obras en un supuesto género fílmico ambiental, al igual que sucede con otros géneros ya consabidos como es el wéstern, el fantástico o el de suspense. De la misma manera que sabemos que Centauros del Desierto de John Ford pertenece, derivado del consenso académico y del establishment de la industria cinematográfica americana, al género wéstern, habría que preguntarse si películas como Bambi (1942) de la factoría Disney, Dersu Uzala (1975) de Akira Kurosawa, Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog, las taquilleras Los últimos días del edén (1992) de John McTiernan o Bailando con lobos (1992) de Kevin Costner, El oso (1988) de Jean-Jacques Annaud, el mencionado documental Una verdad incómoda, hasta títulos más recientes como The Cove (2009) de Louie Psihoyos, Las estaciones (2015) de Jacques Perrin y Jacques Cluzaud o La escuela de la vida (2017) del francés Nicolas Vanier, pertenecerían a ese selecto grupo de películas que conformarían ese hipotético mapa del bienintencionado género ambientalista. El problema es que poco o nada se ha dicho o debatido en torno a este asunto. Ante la inexistencia de un patrón a seguir, desde donde poder caracterizar así como definir este tipo de obras, cuestiones tales como si existe un tipo de filmografía que, por sus características narrativas o estéticas, conformarían un colectivo con derecho pleno a distinguirse del resto, qué ingredientes ha de tener una obra cinematográfica para ser declarada como ambientalista, están a día de hoy sin responder. Quizás, el problema de fondo a esta propuesta para un debate en torno a estas cuestiones, sea que, como punto de partida, académicos y la industria en sí misma no consideran necesario dicho debate, lo cual hace caer a este asunto en algo poco o nada relevante. Si así fuese, nos tendríamos que preguntar entonces del porqué de ese desinterés, a qué se debe, cuáles son las motivaciones ―políticas, sociales, de negocio, entre otras― que llevan al establishment a mirar a otro lado. Al parecer, y hasta la fecha todo apunta en este sentido, a afirmar claramente que no desea involucrarse en este tipo de cuestiones. Llegado a este punto, la pregunta a hacerse por inevitable, es si se podría trabajar en una dirección que llevase a ese ansiado debate o si, por el contrario, es un callejón sin salida. La experiencia colectiva puede llevarnos a afirmar que al menos pondríamos el foco de atención en un asunto que hasta ahora permanecía ignorado.

El oso (1988) de Jean-Jacques Annaud.

En cualquier caso, es evidente la importancia que tiene el medio ambiente para el ser humano, ya que este forma parte del mismo. Lamentablemente, el ser humano hasta hace poco tiempo veía a la naturaleza como una parte separada de sí mismo, cuando en realidad y a la vista está, el hombre forma parte de un todo, ese «todo» llamado Medio Ambiente. A día de hoy, es en opinión de toda la comunidad científica internacional, que precisamente esa larga, pusilánime disociación del hombre y su medio ambiente ha llevado a la degradación de este último y por tanto a la urgente necesidad de crear una nueva conciencia humana con el objeto de reparar el daño causado, en el caso claro está de que todavía estemos a tiempo. Entonces, volviendo a la cuestión que nos ocupa, el cine entendido como arte y, por ende, como canal de comunicación, se convierte de facto en un actor vital en la transformación de esa conciencia cada vez que asume tratar con historias de diferente índole para la gran pantalla, un tema o una problemática relativa al medio ambiente del pasado, del presente o del futuro. Todo ello, invita igualmente a reflexionar en torno a si, tomando como referencia la producción a lo largo de la historia de películas realizadas hasta la fecha con marcado carácter argumental de tipo ambientalista, conformaría por sí sola un corpus fílmico que justificase el debate por y para un llamado género ambientalista.

Más allá del debate de si existe o no un género ambientalista, o lógicamente pudiese existir tras un consenso de las partes implicadas, lo que sí es reconocible, es que verdaderamente existe una filmografía lo suficientemente amplia que trata cuestiones varias concernientes a la salud del medio ambiente.

Así pues, se puede deducir que siempre ha habido un público ahí fuera a quien dirigir este tipo de producciones, y lo más importante es que quizás estemos en un punto de la historia donde la demanda ha crecido exponencialmente en los últimos años.

No es de extrañar, ya que la acelerada degradación del planeta ha conllevado paralelamente una mayor preocupación por parte de la población en general, gracias en parte a las políticas de concienciación llevadas a cabo por los diferentes gobiernos, y gracias naturalmente a la propia labor del cine. En otras palabras, existe claramente una relación bidireccional causal entre concienciación, sensibilización y oferta-demanda.

A este respecto, se puede afirmar que el tipo de audiencia a quien va dirigida este tipo de filmografía ambientalista-humanista es el público en general. Sin embargo, el target (en su voz inglesa) o público meta depende fundamentalmente del formato o del género matriz del que parte dicha producción, bien sea esta animación, cortometraje, largometraje, documental, docuficción u otros. Es aquí donde la edad del público meta entraría en juego, ya que el tipo de consumidor espectador de este tipo de producciones variará en función de aquella. El tentativo consumidor meta de la película de animación Buscando a Nemo (2003) de Disney Pixar no es el mismo que, por ejemplo, el del citado documental Una verdad incómoda o del clásico largometraje de ficción La misión (1986) de Roland Joffé.

La escuela de la vida (2017) de Nicolas Vanier.

Paso ahora a citar brevemente de forma descriptiva una clasificación general de las diferentes líneas o ámbitos argumentales que suelen tratar este tipo de producciones. En primer lugar, estarían todas aquellas que relacionan al hombre con el medio natural y la necesidad de preservación de este. El caso precursor de las películas de Robert Flaherty, Nanuk, el esquimal (1922) u Hombres de Arán (1934); la imprescindible Derzu Uzala (1975) de Akira Kurosawa; las películas comprometidas de Robert Redford como Un lugar llamado Milagro (1987) o El hombre que susurraba a los caballos (1998); títulos clásicos de ficción del cine español como La lengua de las mariposas (1999) de José Luis Cuerda, Tasio (1984) de Montxo Armendáriz; con otra mirada como Tiempo de agua (2008) de Miguel Ángel Baixauli; o más novedosas y mediáticas como el reciente documental de urgencia Santuario (2019) producido por los hermanos Bardem son solo algunos ejemplos.

En segundo lugar, se encuentra el grupo de películas que tratan sobre la violencia contra las culturas nativas o ancestrales y por ende contra el medio ambiente, ya que como se expuso anteriormente aquellas forman parte del mismo. Por una parte, están las producciones situadas temporalmente en el pasado como Bailando con lobos (1990) de Kevin Costner o El último mohicano (1992) de Michael Mann, Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog o las españolas El Dorado (1988) de Carlos Saura o la más reciente Zama (2017) de Lucrecia Martel; por otra parte están aquellas con historias, si cabe, más contemporáneas como Los dientes del diablo (1960) de Nicholas Ray, La selva esmeralda (1985) de John Boorman, o Los últimos días del edén (1992) de John McTiernan.

En tercer lugar están aquellas que valoran la libertad de la vida cerca de la naturaleza y de los animales, ejemplos son: Francisco, juglar de Dios (1949) de Roberto Rossellini, El río (1951) de Jean Renoir, El bosque animado (1987) de José Luis Cuerda, y La escuela de la vida (2017) o Mi amigo pony (2020) de Nicolas Vanier.

En cuarto lugar están aquellas películas que reflejan el deterioro ambiental o la lucha contra los desastres del medioambiente, ejemplos son: Gigante (1956) de George Stevens, El síndrome de China (1979) de James Bridges, Acción civil (1998) de Steven Zaillian o Erin Brockovich (2000) de Steven Soderbergh.

En quinto lugar están las películas sobre la vida libre de los animales y su peligro de extinción. Ejemplos son Sabú, el de los elefantes (1937) de Robert Flaherty y Zoltan Korda, Hatari! (1962) de Howard Hawks, Gorilas en la niebla (1988) de Michael Apted, y El oso (1988) o Dos hermanos (2004) de Jean-Jacques Annaud.

Tasio (1984) de Montxo Armendáriz.

En un apartado aparte estaría el género de animación, con títulos como Bambi (1942) de David Hand, El libro de la selva (1967) de Wolfgang Reitherman, Tarzán (1999) de Kevin Lima y Chris Buck, Buscando a Nemo (2003) de Andrew Stanton y Lee Unkrich, todos ellos de la factoría Disney; la imprescindible La princesa Mononoke (1997) de Hayao Miyazaki; o películas españolas tales como El lince perdido (2008) de Manuel Sicilia y Raúl García, El bosque animado (2001) de Manolo Gómez y Ángel de la Cruz o la serie argentina La Tierra en mis manos (2016) de Nicolas Conte.

Finalmente, y como último apartado de esta sucinta clasificación, estarían todas aquellas películas pertenecientes al género documental, cantidad ingente valga mencionar, que tratan toda una variedad de temáticas pero con una aproximación diferente según sea el resultado u objetivos buscados. En este grupo encontramos desde las filmografías del ya mencionado Robert Flaherty, Michael Moore, Agnès Varda, Jordi Llompart a las oscarizadas Una verdad incomoda (2006) de Davis Guggenheim o GasLand (2010) de Josh Fox. En cualquier caso este apartado bien merece un estudio aparte.

Queda por tanto expuesta la relación del binomio Cine y Medio Ambiente al que hace referencia el título de esta propuesta al lector. Esta relación lleva ineludiblemente a un tercer axioma de la ecuación, ese que corresponde a la educación en el cine y de esta manera llevarnos de la mano hasta el llamado «pensamiento ecológico» de Timothy Morton: «ecología no va solo de calentamiento global, reciclaje, energía solar o las relaciones cotidianas con los no humanos, también sobre amor, pérdida, desesperación, compasión, depresión, psicosis, capitalismo y postcapitalismo; raza, clase, ideología, género, identidad…»1.

La educación en el cine es sin duda importante y necesaria, pero todavía lo es más su mirada ambientalista, la cual es verdaderamente crucial en estos momentos de la historia de la humanidad donde las políticas medioambientales cada vez son más frecuentes y necesarias, llenan nuestra imaginación colectiva la cual se hace más consciente, se autorregula en su conducta ecológica, convirtiendo al cine disponible en este terreno, en una herramienta de comunicación y de esta manera en una especie de práctica ecológica.

Se hace pues necesaria y si cabe urgente, una mirada ecocéntrica en las aulas de los colegios, institutos y universidades que eduque a los ciudadanos de nuestro planeta para un mundo mejor.

 

Notas
  1. Morton, T. (2007). Ecology Without Nature. Rethinking Environmental Aesthetics. Harvard University Press.

 

Referencias

 

Autor: Julio Moreno Giménez

Cineasta y traductor audiovisual.