De las novelas al cine

Artículo publicado en el nº 207 Especial Literatura y Medios de Comunicación
Artículo publicado en el nº 207 Especial Literatura y Medios de Comunicación

Adaptación cinematográfica y proyecto educativo en Master and Commander, de Peter Weir. En este artículo, el autor analiza las claves que explican la adaptación cinematográfica de las novelas de aventuras marítimas de Patrick O'Brian en la película Master and Commander, del director australiano Peter Weir, y demuestra cómo dicha adaptación configura un fascinante proyecto educativo en valores como la responsabilidad, la dignidad y el esfuerzo personal.


En un artículo publicado en El País del 14 de enero de 2004, Félix de Azúa definió Master and Commander, del director australiano Peter Weir, estrenada en las carteleras españolas pocos meses antes, como “la película más subversiva del año”, por su apelación a valores como “la capacidad de sacrificio, el pundonor, el coraje y otras incorrectas conductas prohibidas en nuestras escuelas gracias al progreso”1. Los sarcasmos que allí vertía Azúa a propósito de la pedagogía contemporánea no carecen de tino, aunque estoy convencido de que no debe atribuirse a ella la principal responsabilidad en tal proscripción. Tomando como base las ideas de Azúa, no por provocadoras menos valiosas, quisiera analizar aquí dos aspectos del filme que considero de indudable pertinencia en una publicación dedicada a la literatura infantil y juvenil2. Trataré en primer lugar los mecanismos utilizados por su director y guionista para adaptar a la gran pantalla una de las famosas novelas de Patrick O'Brian sobre la Armada británica3. En segundo lugar, intentaré demostrar cómo de los principios rectores de la adaptación cinematográfica emanan unos valores educativos tan sólidos como atractivos.

Recuerdo brevemente el argumento de la película: en abril de 1805, el capitán Aubrey, al mando de la fragata británica Surprise, recibe órdenes de capturar o hundir un buque de la armada francesa, el Acheron, más fuerte y mejor armado que el suyo. Tras escapar ingeniosamente de un ataque por sorpresa del navío francés, Aubrey emprende una  persecución implacable que le llevará hasta las inmensidades del Pacífico. Tras una breve visita a las Islas Galápagos, la Surprise se encuentra por fin, en un combate dramático, con el esquivo y casi fantasmal Acheron.

Los aficionados a la serie novelística protagonizada por el capitán Jack Aubrey y el cirujano y espía Stephen Maturin, habrán comprobado que el argumento de la película está inspirado en The far side of the world, la décima novela de la serie, cuya acción se desarrolla durante la guerra británico-norteamericana de 1812. Aunque basada sobre todo en esta novela, la película de Peter Weir apela desde su título al recuerdo de la que inauguró la serie, Master and Commander, acaso para garantizar con ello una buena acogida entre los admiradores de la saga de O'Brian. Y ciertamente la ha  tenido, como demuestra una frase feliz de Arturo Pérez-Reverte (“Hacía mucho tiempo que el cine no me deparaba dos horas de felicidad tan absoluta”) que utilizó la distribuidora como gancho promocional.4

Con todo, Master and Commander no es una película que sólo se pueda disfrutar desde la fascinación por la vida  aventurera. Analizado desde la perspectiva que aquí me interesa –la de su relación con la narrativa de O'Brian–, se trata de un filme tan ambicioso como meritorio, pues la empresa de llevar a la pantalla las aventuras de la fragata Surprise no era fácil. En efecto, el guión (obra de Peter Weir y John Collee) estaba obligado a verter en imágenes un mundo tan compacto como el de Patrick O'Brian, con su inconfundible discurso narrativo –tan libre y aparentemente  desorganizado que pasa, a menudo sin solución de continuidad, del fragor de los combates a las escenas más intimistas o a los pasajes de contenido histórico y hasta ensayístico–, su puntilloso empleo de la terminología naval, su preocupación por la verosimilitud histórica y su nutrido rol de personajes. Tampoco conviene olvidar que el escritor irlandés se ha ganado un público fidelísimo a lo largo de una extensa serie novelística que ha conocido un éxito  editorial inmenso. Dar satisfacción a semejante audiencia era un desafío que Weir y Collee han afrontado mediante una estrategia consistente en respetar el espíritu y los rasgos más característicos del mundo narrativo de O'Brian, pero sin considerar la novela como un marco encorsetado y rígido.

A diferencia de otras adaptaciones recientes de novelas de enorme éxito –el ejemplo más notorio es el de Peter Jackson y su versión “enciclopédica” de El Señor de los Anillos–, los guionistas de Master and Commander han preferido optar por una lectura selectiva. Se podría decir que Weir y Collee han producido un extracto muy concentrado de las novelas de O'Brian a base de depurarlas de sus elementos accesorios, lo cual asegura que el espectador perciba en toda su fascinante plenitud la interacción entre los tres elementos clave –el mar, los buques, los hombres– que conforman su mundo narrativo. Por otro lado, el apretado tejido de relaciones humanas que da solidez a la trama de La costa más lejana del mundo ha sido condensado en la película en torno a dos núcleos fundamentales: de una parte, la dialéctica entre Aubrey y Maturin, amigos tan sinceros como opuestos en sus intereses y mentalidades; de otra, la vida cotidiana de la tripulación y la educación de los guardiamarinas.

La película consigue
hacerse reconocible
para quienes conocían
la serie novelística

El hecho de que la película se inicie in media res respecto a la novela y transcurra casi íntegramente en el limitado  espacio de la Surprise y en alta mar (lo que se ha conseguido mediante la supresión de episodios como los  preparativos de la misión en la base de Gibraltar, las reparaciones realizadas en la costa de Brasil y la estancia de parte de la tripulación en una isla del Pacífico, donde encuentran a la Norfolk naufragada), sin otros personajes que los tripulantes de la fragata británica, constituye una sabia elección del guión que favorece la concentración dramática y facilita la identificación del espectador con la historia. Sólo durante la escala en las Islas Galápagos echan pie a tierra los tripulantes, pero ello no altera el enfoque del guión, ya que el episodio sirve para precisar el retrato de Maturin con nuevas pinceladas (la insólita valentía de quien es capaz de operarse a sí mismo sin anestesia), ahondar en la relación entre los dos protagonistas (conmovedoras las atenciones que dedica Aubrey a su amigo herido, y muy inteligente el modo en que el guión resuelve las diferencias entre ambos, gracias a una estrategia de camuflaje que el capitán aprende de un insecto descubierto por Maturin), presentar a los marineros en sus escasos ratos de ocio (que ocupan jugando al críquet y destilando aguardiente) y profundizar en la caracterización del guardiamarina Blakeney, ganado a la causa naturalista por la pasión del cirujano.

Tanto las invenciones del guión –los dos combates contra el Acheron–, como las recreaciones de algunos episodios significativos –la herida y convalecencia de Maturin, el suicidio del gafe oficial del barco (el llamado “Jonás”), encarnado aquí por Hollow, un guardiamarina que se enfrenta trágicamente a su propia incompetencia y a la mentalidad  supersticiosa de la marinería de la época–, resultan del todo pertinentes, pues ni traicionan el espíritu de la serie novelística ni son concesiones gratuitas a esa espectacularidad gratuita y en el fondo anacrónica en la que con tanta frecuencia incurre el cine contemporáneo. Mención especial merecen, por su importancia en la trama y por la brillantez de su puesta en escena, los dos combates contra el Acheron, episodios plenamente coherentes con el mundo narrativo de O'Brian, que desempeñan funciones esenciales: capturar la atención del espectador y, sobre todo, dar solidez a la estructura dramática, encuadrando en ella el auténtico objetivo de la película, esto es, la representación de la vida de un grupo de hombres a los que se otorga un indudable valor de ejemplaridad. Finalmente, otros cambios menores, tales como la casi completa eliminación de los personajes femeninos, la supresión de las digresiones y la traslación de muchos elementos descriptivos de la novela a sus equivalentes icónicos y sonoros, vienen obligados por la propia naturaleza del texto cinematográfico5.

De este modo, la película consigue hacerse reconocible para quienes conocían la serie novelística y al mismo tiempo su historia resulta atractiva para la mayor parte del público, que a buen seguro no tiene un conocimiento previo de su origen literario. No es sólo que el guión haya conseguido convocar a escena a la práctica totalidad de la tripulación de la Surprise novelística –los oficiales Pullings, Mowett y Howard, los guardiamarinas Blakeney, Calamy, Hollom y  Williamson, los suboficiales Allen, Higgins, Hollar y Lamb, los marineros Bonden, Higgins, Killick, Nagle, Padeen, Plaice y Warley, cada uno con un papel que sobrepasa lo puramente episódico–, o que el diseño de producción sea uno de los más unánimemente alabados del cine de los últimos años, sino que multitud de detalles novelísticos, esenciales para conseguir el imprescindible “efecto de realidad” de un relato de época, tienen su oportuno correlato fílmico. Se podrían multiplicar los ejemplos, pero pormenores tan llamativos como la trepanación del marinero Joe Plaice en cubierta, el volteo regular de la ampolleta para marcar el paso del tiempo, el pastel que imita la silueta de las Islas Galápagos y que se sirve en la mesa del capitán, o el gesto de Aubrey de recogerse el pelo en una coleta antes de entran en combate, están tomados, casi al pie de la letra, de La costa más lejana del mundo.

Creo que algunos de los reproches que en su día mereció el filme –excesiva morosidad, cierta falta de brío– derivan precisamente de la fidelidad en la adaptación de las novelas de O'Brian, bastante más reposadas de lo que pueda creer el espectador que no las haya leído, pues casi siempre se muestran más interesadas por la vida cotidiana de los marinos y los infinitos detalles de la navegación a vela que por la acción en sentido estricto. Otro aspecto que ha suscitado cierta
polémica –la propiedad con la que han sido trasladadas a la pantalla las condiciones reales de la vida de los tripulantes de un buque de guerra de principios del siglo XIX y la pertinencia de su discurso ideológico– también debe sustanciarse desde la perspectiva del original literario: O'Brian es realista, sin duda, pero también practica una selección de la realidad determinada por una ideología que privilegia los valores de la disciplina, el sentido del deber y el orgullo patriótico, dominantes en la época que retrata, aunque no desde luego en la nuestra. Por otro lado, es cierto que sus novelas son más crudas que la película (en La costa más lejana del mundo hay alusiones al bestialismo y la homosexualidad,  crímenes pasionales y hasta episodios tan curiosos como el de unas amazonas polinesias que castran a los hombres que raptan, todos los cuales han sido suprimidos de raíz en la adaptación), pero también lo es que en el terreno ideológico hay una significativa coincidencia entre el filme y el original novelístico. De hecho, si alguna diferencia esencial existe entre ambos se debe a la voluntad del director de acentuar la dimensión “pedagógica” de las novelas de O'Brian, hasta el punto de conceder a la educación de los guardiamarinas una relevancia mucho mayor que la que alcanza en la novela.

Es evidente que esta intensificación de los valores educativos es plena responsabilidad del director, Peter Weir, que ya nos había ofrecido en filmes anteriores, por ejemplo en Gallipoli, El año que vivimos peligrosamente y El club de los poetas muertos, relatos de formación en los que jóvenes sometidos a circunstancias dramáticas se enfrentaban a la asunción de sus responsabilidades como adultos. Teniendo en cuenta estos  antecedentes, cabe considerar que la intención educativa de Master and Commander es al menos tan importante como la de plasmar con fidelidad los  relatos de aventuras marítimas de O'Brian. De hecho, no hay contradicción entre ambas, pues las mejores historias de aventuras son siempre, más allá de su contenido épico, de su dinamismo y velocidad, viajes interiores en los que se forja la personalidad y el carácter de sus protagonistas.

Quisiera destacar el hecho de que el “proyecto educativo” (por llamarlo con la terminología al uso) que propone la película no es ni sentimental ni paternalista, ni mucho menos cómplice de las simplificaciones a que propende cierta pedagogía políticamente correcta. El director muestra, sin evitar los detalles trágicos y cruentos, pero también con humor y alegría, a veces hasta con una cierta desfachatez muy realista (recordemos, a este respecto, la frase antológica con la que Aubrey arenga a su tripulación antes del abordaje: “Por Inglaterra, por vuestro hogar… y por el botín”), un modelo de comportamiento basado en la libre asunción de la responsabilidad, en la amistad y el compañerismo, en el coraje, el valor y la dignidad. No faltará quien tilde tal modelo de anacrónico e inaplicable a nuestra sociedad  contemporánea (en el mundo de la Surprise no hay mujeres, ni rebeldía contra la autoridad, ni apenas cobardes), pero deberá reconocer al mismo tiempo que alcanza una intensidad vital y un dinamismo que lo hacen muy seductor.

Y muy apropiado para el público juvenil, añadiría yo, aunque, a juzgar por mi propia experiencia, no haya sido  precisamente el de los jóvenes el grupo de edad al que más ha gustado. En cualquier caso, Master and Commander presta una atención singular a la educación de los guardiamarinas, especialmente el menor de todos, Lord Blakeney. Él es, a mi entender, el personaje más entrañable y cautivador de toda la película, pues no en vano protagoniza varias secuencias que conforman ese particular proyecto educativo al que me he referido antes. La primera narra la  amputación de su brazo derecho tras el combate inicial con el Acheron: el joven, apenas sedado por el láudano,  soporta la intervención con una entereza que hace exclamar al cirujano “jamás había visto tanto valor”. La situación está planteada con crudeza, pero también con elegancia, gracias a una puesta en escena muy sobria, en la que sólo  destacan los apagados sonidos del instrumental del cirujano y los sollozos del muchacho. Un sutil detalle de humor alivia su dramatismo: una vez finalizada la intervención, la cámara muestra cómo un carpintero repara el brazo derecho del mascarón de proa, mutilado como el de Blakeney por los proyectiles del Acheron. Poco después, Aubrey baja a la enfermería a visitar al guardiamarina convaleciente. El capitán no trata a Blakeney con la exquisita condescendencia que sería esperable según nuestra sensibilidad; por el contrario, le regala un libro, y no uno cualquiera, sino la biografía de Lord Nelson, que no sólo era por entonces un héroe para toda Inglaterra, sino también un marino que había perdido su brazo derecho en combate. No hay sombra de sentimentalismo en la escena, muy comedidamente filmada e  interpretada, porque el propio guardiamarina, sobreponiéndose a su mutilación y a la incomodidad del capitán, traslada el tema de conversación hacia la celebérrima figura del almirante.

Dos escenas del tramo final de la película revelan hasta qué punto el guardiamarina ha fortalecido su carácter: antes del combate decisivo contra el Acheron, Blakeney ordena a sus hombres que se aten al brazo un distintivo falso, como parte de la estrategia del capitán de hacer creer a la fragata francesa que persigue a un barco ballenero. Un marinero no sabe cuál es su brazo derecho, y Blakeney precisa que es el de estribor. El marinero pregunta si es el brazo que ha perdido el guardiamarina o el otro; Blakeney aclara sus dudas pero inmediatamente después le amonesta por su  insolencia. La situación, con el abrupto contraste entre el muchacho de cara angelical y el rudo marinero, rebosa de humanidad y gracia. Finalmente, quiero destacar una escena que demuestra la clase de hombre en que se ha convertido Blakeney, pero también la bellísima tonalidad emocional de la película: tras la muerte en combate de su camarada  Calamy, el guardiamarina acude en busca de consuelo junto al doctor Maturin. Sólo el porte abatido y la mirada acuosa del guardiamarina expresan su dolor, porque no pronuncia una sola palabra. El remedio que ambos encuentran y que transmiten al espectador es de una serenidad sobrecogedora: abrir sus cuadernos y, apretando los labios, transcribir sus notas sobre los especímenes capturados en las Galápagos.

El filme de Peter Weir
toca la fibra sensible
de cualquier ser humano
porque trata valores universales

Otro elemento muy representativo de la escala de valores que promueve la película tiene que ver con el tratamiento de la amistad entre el capitán Aubrey y el doctor Maturin. Comparada con la novela, se advierte que la película enfatiza las diferencias entre ambos, y sobre todo las reticencias de Maturin con respecto a las exigencias de la vida militar. Se trata de un artificio que moderniza el discurso ideológico de la historia y la hace más aceptable para la mentalidad  contemporánea. Aunque ello supone una cierta infidelidad a la vocación de O'Brian por la precisión histórica, el recurso es plausible, pues permite que los protagonistas superen los estereotipos cinematográficos y se conviertan en  personajes redondos y plenos. Ni el marino ni el cirujano carecen de defectos –el uno es glotón, bebedor y dado a los comentarios salaces, se muestra testarudo y orgulloso hasta la temeridad, y manifiesta un ansia de botín sólo  comparable a la de gloria militar; el otro es no menos tozudo, con propensión a la pedantería y con una pasión  naturalista que está a punto de hacerle olvidar su deber–, pero eso es justamente lo que les proporciona ese tono de realidad y verosimilitud. Con su inteligente lectura de los personajes de O'Brian y la espléndida interpretación de sus actores protagonistas, Peter Weir propicia la entrada de Aubrey y Maturin en la antología de las parejas masculinas de la historia del cine y celebra un sentido homenaje a la amistad más profunda y sincera. Pues eso son el capitán y el  doctor, dos amigos que conversan y se gastan bromas, que discuten apasionadamente –magníficos todos los enfrentamientos en la cámara de Aubrey, en los que se reproducen algunos de los mejores diálogos de la novela–, y hacen las paces sin efusiones ni reproches, que se ayudan en los momentos de mayor peligro, que se admiran mutuamente y son capaces de interpretar juntos una música maravillosa.

Más allá de la épica bélica, de la apología de una nación y una bandera, el filme de Peter Weir toca la fibra sensible de cualquier ser humano porque trata valores universales y lo hace mediante personajes captados en todas las facetas de una humanidad que se nos antoja próxima y creíble. El retrato de la vida marinera es espléndido, y no sólo por la  eficacia de la puesta en escena, sino por la sincera ubicuidad de la mirada del director. Las cámaras recorren la Surprise en todos sus ejes –desde las sentinas a las cofas, del espejo de popa al extremo del bauprés, de la amura de babor a la de estribor–, en todas las circunstancias meteorológicas –durante las calmas chichas, con todo el velamen desplegado, en medio de una tempestad en el Cabo de Hornos–, y en aquellos momentos que mejor retratan la vida de la  tripulación de un velero: las maniobras sobre cubierta o en la jarcia, los castigos corporales, las canciones a la luz de la luna, las conversaciones de los marineros bajo cubierta, tan llenas de supersticiones, el estrépito de las reparaciones,
las jocosas y desenfadadas comidas en la cámara del capitán.

Tengo muy presente que Master and Commander representa un cine que tiene sus limitaciones y sus detractores, pues se trata del producto de una industria que intenta a toda costa rentabilizar su inversión mediante los mecanismos  habituales de las grandes producciones. Ahora bien, lo hace con toda dignidad, gracias a una historia de la que el  espectador sale enriquecido. La cinta no sólo emociona por el fragor de sus batallas y el rumor de la navegación por mares embravecidos, ni por sus alardes de perfección técnica –las espléndidas tomas aéreas sobre la Surprise, la complejísima secuencia de la travesía del Cabo de Hornos, los hermosos planos generales de las Islas Galápagos, por primera vez filmados para una película no documental–, sino que además logra conmover de un modo en que pocas películas contemporáneas de aventuras lo han hecho. Es, en suma, un cine de indudable atractivo comercial, pero al mismo tiempo un valiosísimo ejemplo de educación en virtudes como el sentido del deber, la lealtad, el  compañerismo, el coraje, el respeto hacia el adversario y, lo que quizá sea más insólito en el cine contemporáneo, la importancia del estudio.

Quien firma estas líneas no puede olvidarse de su oficio, ni siquiera en el anónimo refugio de una sala de proyección. Cuando veo las escenas en las que Aubrey demuestra en qué consisten la autoridad y disciplina verdaderas, o en las que enseña a los guardiamarinas las nociones de náutica y formación humanística, no puedo dejar de pensar en mi  condición de profesor de lengua y literatura, que trata con muchachos de su misma edad, para quienes a menudo los libros son tan extraños como las iguanas marinas para los tripulantes de la Surprise. Con satisfacción, pero también con melancolía, me digo a mí mismo que pocas películas contemporáneas tratan con tanta reverencia los libros y la lectura, y que aún son menos las que se molestan en mostrar a los personajes en ese acto íntimo –que lleva camino de hacerse casi clandestino– de leer y escribir.

En la proximidad del desenlace, el espectador sólo puede lamentar que la época gloriosa de las sesiones continuas haya pasado a mejor vida. Y en la secuencia final, cuando Aubrey y Maturin toman sus instrumentos, se acomodan ante sus atriles y atacan una melodía de Boccherini, uno se ve a sí mismo enardecido, transportado por esas notas que vibran con aires de jota y rumor de gentes valerosas. Enseguida la cámara abandona los aposentos del capitán Aubrey y se eleva por encima de los mástiles de la Surprise, en un elegante movimiento muy característico de su estilo visual. Se sienten entonces unas tremendas ansias de empuñar el sable y el mosquete, y de enrolarse en el primer navío de tres palos que zarpe para los Mares del Sur. Ya sé que es una fantasía, pero no me parece que sea la más ilusoria para un joven con ganas de comerse el mundo.

Notas:

  1. AZÚA, Félix de (2004), “Inmejorables propósitos”, El País, 9723,14-I-2004, p. 11.
  2. De los valores estrictamente cinematográficos ya me he ocupado en mi reseña de la película, publicada en Lengua en Secundaria, en www.lenguaensecundaria.com/resenas/master.shtml. Véase también la crítica de Tomás Fernández Valentí, “Hombres del mar”, Dirigido por, 329, diciembre 2003, pp. 18-20, que no sólo ofrece una lectura muy sagaz del filme, sino que además lo sitúa en sus justos términos respecto al conjunto de la obra cinematográfica de Peter Weir.
  3. En realidad, la versión cinematográfica toma elementos de toda la serie novelística escrita por Patrick O'Brian y formada por veinte novelas. Publicadas originalmente en 1970 y 1984, los dos títulos que inspiran la película son Master and Commander y The far side of the world. Ambos han sido publicados en España por la editorial Edhasa, con los títulos de Capitán de mar y guerra (1994) y La costa más lejana del mundo (2002), respectivamente.
  4. PEREZ-REVERTE, Arturo, “El viejo amigo Jack Aubrey”, El Semanal, 841, 7-13 diciembre 2003, p. 8.
  5. Un ejemplo sobresaliente de este procedimiento es la secuencia con que se abre la película, construida mediante la sucesión de planos subjetivos: la cámara recorre una de las cubiertas interiores de la Surprise, mostrando en su camino muchos detalles que aparecen en distintos pasajes de las novelas de O'Brian: las cureñas y trincas de los cañones, los coyes en que duermen hacinados los marinos entre toses y ronquidos, los animales a bordo, las hebillas de los zapatos, los movimientos del buque, los crujidos del maderamen.

Eduardo-Martín Larequi García

Autor: Eduardo-Martín Larequi García

Eduardo-Martín Larequi García es Catedrático de enseñanza secundaria, por la especialidad de Lengua Castellana y Literatura. Actualmente desempeña funciones de asesor docente de la Sección de Nuevas Tecnologías en el Departamento de Educación y Cultura del Gobierno de Navarra. Es autor de Lengua en Secundaria, una web de referencia en el ámbito de su especialidad.


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