El primer autor juvenil de ciencia ficción: Julio Verne

Entre los autores que cultivaron la ciencia ficción hay uno especialmente destacado que abrió no sólo un camino, sino todo un género literario, que atrajo a las juventudes de su época y aún sigue atrayendo a las de hoy en día: Julio Verne.

[ ARTÍCULO INCLUIDO EN EL NÚMERO 237 DE REVISTA DE LITERATURA]

“Todo lo que una persona puede imaginar,
otros pueden hacerlo realidad.”
Julio Verne (1828-1905)

A los doce años hice mi primer viaje a la Luna. Corría el año 1865 y mucha gente nos tildó, a mí y a mis compañeros, de chiflados. Hay que comprender que por aquel entonces ni siquiera se había inventado el avión, así que hablar de salir al oscuro vacío donde habitan las estrellas, para visitar a la “Bella Selene”, era como afirmar que se podía detener un huracán a base de amenazas: una soberana estupidez. Pero eso no nos arredró lo más mínimo, y así fue como un primero de diciembre, junto con tres hombres valientes: Ardan, Barbicane y Nichol, me introduje en el interior de un proyectil pertrechado con todo lo necesario para tan largo trayecto. Nos dispararon rumbo a la Luna empleando el cañón más grande que jamás se hubiera forjado, desde el estado de Florida en EE.UU. Cumplimos con nuestra histórica misión: De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, para, tras superar contratiempos y dificultades, volver a la Tierra sanos y salvos.

He repetido ese viaje en varias ocasiones y jamás me he cansado de hacerlo. Sin embargo, el mundo tuvo que esperar a 1969 para ver a los norteamericanos Aldrin, Armstrong y Collins hacer el mismo viaje que yo ya me sabía de memoria.

Recuerdo que, merced al arrojo y valentía demostrados en la primera de mis aventuras, me ofrecieron la oportunidad de recorrer las profundidades oceánicas con la promesa de que sería al menos tan apasionante como mi viaje al exterior de la Tierra. Así fue como, un año después de amerizar en el Pacífico embutido en el gigantesco proyectil espacial, me sumergí bajo las aguas de ese mismo océano y, ya de paso, las de todos los mares que bañan nuestras costas, recorriendo la increíble distancia de 20.000 leguas de viaje submarino. Si el espacio exterior me sobrecogió, ¿qué decir de la explosión de vida que hallé bajo las aguas? ¿Y las ciudades perdidas que exploré? ¿Y si os contara que he recorrido las calles de la mítica Atlántida? ¿Y que miré a los ojos del mismísimo kraken, esa bestia ciclópea devoradora de barcos, contra la que luchamos por nuestras vidas? Fueron 20.000 leguas de aventuras, misterios y descubrimientos que llevamos a cabo en el interior del Nautilus, un submarino con todos los adelantos que uno podía concebir, aunque de nuevo el mundo tuviera que aguardar años para conocer los primeros sumergibles.

No fue mi única visita al Capitán Nemo, amo y señor del Nautilus, así como a los mares que surcaba. Aún tuve ocasión de compartir más aventuras con tan intrépido inventor y marino en La isla misteriosa, bautizada como Lincoln en honor al presidente americano del mismo nombre, cuando un huracán llevó el globo de mis nuevos aliados hasta sus playas.

Lástima que, al final de esta prodigiosa aventura, el Capitán decidiera marcharse con su submarino para siempre. Le echaré de menos, aunque siempre tengo la posibilidad de volver a recorrer esas asombrosas leguas que compartimos.

Por si lo anterior no bastara para colmar una vida, mi insaciable búsqueda de emociones me llevó a trabar amistad con Robur el conquistador, genial científico con el que paseé en su nave aérea propulsada por hélices y que seguramente llevó a nuestro Juan de la Cierva a construir su autogiro, precursor del helicóptero. Claro que Robur se adelantó en bastantes años a nuestro compatriota. Volví a coincidir con Robur cuando se hizo El dueño del mundo con un vehículo que era capaz de recorrer la tierra, surcar los cielos y los mares a alta velocidad propulsado por un motor que recuerda al de los aviones a reacción que surcarían los aires muchos años más tarde.

En años posteriores, me embarqué en un globo para dar La vuelta al mundo en ochenta días, fui compañero de fatigas del correo del zar, Miguel Strogoff, evitando la invasión de los tártaros, me enrolé en la goleta bergantín Pilgrim con Un Capitán de quince años, Dick Sand, a cuyo lado luché contra terribles traficantes de esclavos, y un largo etcétera de aventuras cuya relación podría ser interminable.

Creo que ya habrás adivinado, querido lector, que si llevé a cabo todas estas proezas, no fue sólo mérito mío. Hubo quien me tomó de la mano animándome a recorrer todos esos senderos de la imaginación para deleite de mis interminables horas de lectura. Este singular personaje llegó como invitado a mi casa una lluviosa tarde de otoño en que andaba yo algo aburrido, incluso alicaído. Mis padres me lo presentaron animándome a escucharle, pues tenía, me dijeron muy solemnemente, cosas increíbles que contarme. Y allí, sobre mi mesa de estudio, depositaron un libro de tapas duras y coloridas.

– Éste es el padre de la ciencia ficción, se llama Julio, Julio Verne. Era francés y vivió en el siglo XIX. Fue el primero capaz de urdir relatos sobre tecnología que nadie había osado tan siquiera soñar en su época. Ésta de aquí –me señaló el tomo con gesto grave–, es la primera obra de ciencia ficción jamás escrita. Escribió otras, más de ochenta, pero ésta fue con la que yo le conocí, y me gustaría que tú también la leyeras.

La verdad es que la presentación no me entusiasmó demasiado, quizá en su tiempo –allá por mil ochocientos y pico– fuera emocionante leer sobre aparatos futuristas, pero ahora, en pleno siglo XX, con todos esos aparatos ya inventados, ¿qué podía aportarme el tal Julio?

– Y si eres capaz de leer las tres primeras páginas y no pasar a la cuarta, serás el primero en conseguirlo –añadió mi padre, mientras le dirigía una sonrisa cómplice a mi madre.

Me encogí de hombros; no me costaba nada complacerles, seguramente dedicaría diez minutos a esas tres primeras páginas y luego podría seguir aburriéndome tranquilamente.

De la Tierra a la Luna, rezaban las letras doradas que recorrían la parte superior de la tapa. Bajo el título, el dibujo de un proyectil gigantesco que volaba raudo abandonando la atmósfera terrestre.

No está mal, –pensé–, por lo menos la portada es chula.

Esa noche mis padres me tuvieron que arrancar del lado de Ardan, Barbicane y Nichol ordenándome que me acostara, que ya era hora. Aguardé con impaciencia a que apagaran la luz de su dormitorio y luego, con el auxilio de una linterna, proseguí mi odisea lunar bajo las sábanas.

Ése fue el inicio de una hermosa amistad. me enamoré de los libros de Verne, y jamás faltó uno en mi mesilla de noche. Con el tiempo otros autores de ciencia ficción tomaron su relevo: Wells, Asimov, Clarke, Sturgeon, Bradbury, Silverberg, Farmer, Simak y un largo etcétera de plumas que me transportaban a tiempos y mundos lejanos, con lo que no hubo más tardes aburridas, fueran lluviosas o no. Pero Verne sigue ahí, una figura inmensa y paternal que seguramente se sentirá orgulloso de lo que inició a mediados del siglo XIX.

Claro que si a todo lo anterior añadimos que la obra del genial francés no sólo es ciencia ficción, sino que su lectura supone adentrarse en la mente de uno de los escritores más imaginativos de la historia, comprenderás que de vez en cuando tome alguno de sus libros y me rete a mí mismo a intentar dejarlo en la tercera página. Nunca lo he conseguido. ¿Podrás tú?

Autor: J.E. Alamo es autor de cuentos de terror, fantasía y ciencia ficción aparecidos en revistas electrónicas como Alfa Eridiani, miNatura, NGC 3660, etc. Ha publicado también varios relatos en antologías editadas en papel. Es el creador de un entrañable personaje, Friolero, en una serie de cuentos infantiles aparecidos en la publicación electrónica 7 Calderos Mágicos. Su primera novela, El Enviado, vio la luz en el 2007. Actualmente colabora regularmente en calidad de columnista en www.sedice.com, y prepara su segunda novela, Lado Extraño, que aparecerá en el 2009.

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