El Sur

Artículo publicado en el número 52 de la revista Making Of
Artículo publicado en el número 52 de la revista Making Of

Análisis y estudio del filme El Sur de Víctor Erice, un director que prepara cada uno de sus proyectos con un mimo extremo y que cuenta con una breve pero apasionante obra, como es el caso de este filme llamado El Sur.


En toda cinematografía que se precie existen directores que, en lugar de tener una obra más o menos continuada, prefieren dedicar muchos años a preparar con mimo cada uno de sus proyectos. Estos realizadores suelen contar con una breve pero apasionante obra; con películas que, a pesar de estar muy distanciadas en el tiempo, forman parte de un universo único, rabiosamente personal y cohesionado. Hombres, en definitiva, que entienden el cine como un arte en mayúsculas y que prefieren prodigarse poco a perder un ápice de su libertad creativa.

En España esta figura la representaría a la perfección Víctor Erice. En más de 35 años, Erice sólo ha dirigido tres películas, un mediometraje y un par de segmentos dentro de los filmes corales Los desafíos (1969) y Ten Minutes Older (2002). Lo más interesante de todo ello es que esta escasa producción es inversamente proporcional a la calidad de los títulos. Las películas de Erice son auténticas obras maestras, piezas de culto en las que una perfecta utilización de los resortes de la narrativa cinematográfica dan lugar a historias intelectualmente profundas y visualmente fascinantes.

El siguiente artículo va dedicado a la que, para el que esto suscribe, es su gran obra maestra: El Sur. Pasen y sumérjanse en la emoción en estado puro.

La película que nunca fue

Tras dirigir El espíritu de la colmena en 1973, Víctor Erice esperó pacientemente a que surgiera un proyecto que le resultara de su agrado. Mientras se ganaba la vida realizando anuncios publicitarios, llegó hasta sus manos una historia de Adelaida García Morales, la que por aquellos entonces era su esposa. El título de la novela era “El sur”, y en ella se narraba la historia de una joven que, tras el suicidio de su padre, viaja hasta Andalucía para intentar conocer mejor las causas del dramático desenlace.

Aunque la novela estaba gestándose y todavía no había llegado a las librerías, la historia le atrajo lo suficiente como para que, diez años después de su anterior película, decidiera volver a ponerse tras las cámaras. Contando al principio con la colaboración del guionista Ángel Fernández Santos, Erice presentó en solitario un guión pensado para una película de dos horas y media al productor Elías Querejeta.

En el texto original, el director no sólo propuso algunos cambios respecto a la novela (como incorporar un hermano para Laura que interpretaría Fernando Fernán Gómez), sino que también dedicaba muchas secuencias a la descripción de pequeños detalles que no formaban parte de la acción, pero que el director consideraba importantes. Con un presupuesto de casi cien millones de las antiguas pesetas, sufragado en parte gracias a la aportación de una pequeña productora francesa (pondrían el 20%) llamada Chloe Productions, el rodaje se llevó a cabo en las localidades de Estella, Zamora, Madrid, Vitoria y Ezcaray.

Para interpretar al personaje de Agustín, Erice decidió contar con el actor italiano Omero Antonutti, un hombre que unos años antes se había dado a conocer por su gran papel en la excelente película de los hermanos Taviani La noche de San Lorenzo (luego alcanzaría, a principios de los 90, una efímera fama por su actuación en El maestro de esgrima de Pedro Olea). Para el resto de papeles, se contó con actores semidesconocidos como Lola Cardona, Icíar Bollaín o María Caro. Destacar también la presencia de ilustres secundarios como la genial Rafaela Aparicio (que da una lección de interpretación en los escasos diez minutos que está en pantalla) o el ecléctico José Vivó.

Tras filmar la primera mitad de la película y con cuatro semanas de rodaje por delante, a Elías Querejeta le entró el pánico. Los socios franceses se habían retirado, ya se habían gastado más de 75 millones de pesetas y la obsesiva perfección de Erice hizo que el proyecto pudiera llegar a descontrolarse por completo. En una decisión que todavía muchos cinéfilos no le hemos perdonado, el productor guipuzcoano suspendió el rodaje y le pidió al director que montara la película con el material disponible, con vistas a su pase en la sección oficial del Festival de Cannes.

El realizador, consciente de que ya no hay vuelta atrás, montó el largometraje de forma precipitada para llegar a tiempo al festival francés. La película se proyectó en una de las últimas jornadas, pasando sin pena ni gloria entre los especialistas extranjeros. Por el contrario, cuando se estrenó en España, la crítica la recibió con admiración y la reconoció como la obra maestra que realmente es. Durante aquellos años, todos se hacían la misma pregunta: qué hubiera pasado si Erice hubiera podido acabar la película tal como la tenía pensada. La respuesta, lamentablemente, nunca la sabremos.

Desde su estreno, el 17 de mayo de 1983, la cinta ha ido calando hondo en la memoria de todos los cinéfilos. Hoy en día, cuando es considerada unánimemente como una de las grandes obras maestras de nuestra cinematografía, todavía resulta imposible no rendirse ante unas imágenes que sólo admiten un calificativo: fascinantes.

Argumento

Estamos en 1957. Estrella es una niña que vive en una casa cerca de una pequeña capital de provincias situada en algún lugar del norte de España. Agustín, su padre, un médico de izquierdas que conoció la cárcel durante la posguerra, es un hombre huraño y solitario que fascina a su hija con sus extrañas habilidades. Para la niña, su madre es sólo una antigua maestra por la que apenas siente interés; toda su atención y cariño están volcadas en la figura paterna.

En su afán por conocer mejor a su progenitor, la niña descubre en uno de los cajones un papel donde han escrito varias veces el nombre de Irene Ríos. El día de su comunión, Estrella conoce gracias a Milagros, la antigua tata de Agustín, que su padre se marchó de Sevilla por las diferencias políticas con su abuelo. A pesar de ser ateo y de no ir nunca a la iglesia, Agustín decide hacer feliz a la niña y asiste a la ceremonia. Durante el banquete posterior los dos bailan un viejo pasodoble.

Un día, por casualidad, la niña pasa ante un cine y ve aparcada la moto de su padre. Tras mirar los carteles, ve que en la sala proyectan una película protagonizada por Irene Ríos. Espera a que su padre salga de la sala y le sigue hasta una vieja cafetería. Ahí, él le está escribiendo una carta a Irene, su antiguo amor, en la que le pregunta qué ha sido de su vida.

Un día Agustín recibe una carta desde Sevilla. En ella Irene Ríos, que en realidad se llama Laura, le recrimina su silencio y le pide que le deje rehacer su vida. Desesperado, huye de casa y compra un billete hacia el sur. Nunca llega a coger el tren. Aunque vuelve a casa de madrugada, la relación con su hija ya nunca volverá a ser la misma.

Han pasado unos años y Estrella es ahora una adolescente. La distancia emocional con su padre es insalvable. Agustín se ha convertido en un extraño, en alguien que pasa los días encerrado en la buhardilla sin comunicarse con su familia. Por ello a la muchacha le extraña mucho que una mañana, sin venir a cuento, él le invite a comer en un restaurante. Tras una tensa conversación, Estrella le pregunta por Irene Ríos. Agustín niega conocerla y le habla a su hija sobre otros tiempos pasados. La muchacha, decepcionada, decide irse del restaurante. A la mañana siguiente, Agustín se suicida pegándose un tiro con su propia escopeta.

Más que nunca, Estrella intenta comprender a su padre. Por ello, decide irse al sur, a casa de su abuela, y ahí descubrir quién era en realidad ese ser que tanto logró fascinarla.

El poder de la imagen

El Sur representa un buen ejemplo de película que pudo haber sido y no fue. A lo largo del presente artículo, ya hemos explicado las peculiares condiciones de producción con las que se encontró Víctor Erice a la hora de terminar la cinta. Aquellos que conozcan la excelente novela de Adelaida García Morales, comprobarán que falta la mitad del relato; que toda la parte ambientada en Andalucía, donde Estrella conoce el pasado de su padre, ha sido omitida. Esta circunstancia ha sido, por qué no decirlo, profundamente lamentada, desde el mismo día en que la película se estrenó.

Los que me conocen ya saben que mi filosofía, en el caso de las adaptaciones literarias, se fundamenta en observar las películas independientemente de la obra literaria que les dio origen. Con El Sur no quiero hacer ninguna excepción. Una cosa es el cine y otra la literatura; las novelas se basan en descripciones más o menos detalladas de situaciones y personajes, y el cine busca mostrar, con mayor o menor acierto, la historia en imágenes. Por ello, por pura coherencia, vamos a analizar la película como un producto cinematográfico autónomo, no basándonos en lo que pudo haber sido teniendo en cuenta la novela.

Una de las cosas que más nos llama la atención de la película es su portentosa utilización del lenguaje cinematográfico. Que un fundido en negro sobre una Estrella adolescente sea el recurso narrativo que abra y cierre el filme, no hemos de considerarlo como una cuestión aleatoria, más bien todo lo contrario; es la plasmación en imágenes de la intención última del relato: mostrar la historia de alguien obsesionada en darle luz a un ser, su padre, que vive en un mundo interior de tinieblas. Esa idea articula toda la narración y la hace, por ende, absolutamente fascinante.

De Agustín sabemos bien poco: es médico, huraño, solitario, triste y, además, parece enamorado de otra mujer. Lo que vemos como espectadores es un ser que se esconde entre las sombras, que busca los espacios oscuros para desarrolla su vida. Para él, la luz se quedó en el sur y, por ello, acercarse a ella carece de sentido. Así, el que se quede dormido en la habitación del hotel desde el que espera el tren hacia Sevilla, o que sólo muestre sus emociones dentro de la sala oscura de un cine, no deja de ser una metáfora de la tiniebla moral que envuelve al personaje. Agustín sólo sale de la oscuridad por su hija que es, en el fondo, lo único que le mantiene vivo A este respecto, la secuencia de la iglesia en la que el personaje aparece de repente, es harto significativa: es Estrella, y nadie más, la que le permite continuar en una vida a la que ya no le encuentra ningún sentido. El circulo se cierra en el restaurante, cuando es consciente de que ha perdido definitivamente a su hija; es en ese momento cuando ya no le queda nada más que suicidarse.

Estrella funciona a lo largo de la película como un contraste luminoso para su padre. La historia de la niña es una búsqueda constante de la luz; entendida como una estrategia que le permite conocer mejor a esa figura paterna que, en el fondo, le resulta tan lejana. Tal vez por ello sea la niña quien desencadene el drama de Agustín al descubrir el sobre en el que está escrito el nombre de Irene Ríos. Pero mientras en el adulto todo es premeditado y se fundamenta en las mentiras, Estrella leva a cabo el descubrimiento de un modo casual, motivado únicamente por la curiosidad e ingenuidad infantil.

La muchacha, a lo largo de la película, adquiere una entidad propia como personaje que, a la postre, le lleva a distanciarse del vínculo afectivo que le une a su padre y, con ello, a buscar su propio destino en el sur. Todo ello lo intuimos durante toda la segunda mitad del filme a partir de un plano magistral que define perfectamente la relación futura entre ambos personajes: cuando la niña descubre a Agustín escribiendo en la cafetería, éste sale fuera y el director nos muestra a los dos separados por el marco de la ventana. No se podía idear un recurso visual mejor para mostrar en imágenes una separación moral y física.

El excelente trabajo de puesta en escena se ve acompañada por unos actores en estado de gracia (Omero Antonutti es capaz de expresar con una sola mirada infinidad de matices y sentimientos) y un trabajo impresionante a la hora de insertar una banda sonora que, en todo momento, refleja las emociones de los protagonistas. Erice siempre ha entendido el cine como algo coral, como un medio en el que todos los elementos han de ir supeditados al criterio de intencionalidad moral que articula. En su caso, tal como recordaba Jean Luc Godard, un movimiento de cámara sí que es una cuestión de ética. Eso es algo que, desgraciadamente, sólo entienden los grandes directores.

Víctor Erice creó, a pesar de las limitaciones del rodaje, una obra maestra absoluta, una película redonda y única. Por ello, por lograr eso tan terriblemente difícil que es escribir con imágenes, consideramos El Sur uno de aquellos filmes imprescindibles en cualquier videoteca. No lo duden, y sumérjanse en ese fascinante universo de sombras y luces.

Curiosidades

La actriz que interpreta a Estrella de adolescente, Icíar Bollaín, posteriormente se ha convertido en una de las directoras más prestigiosas de nuestra cinematografía. Entre otros premios, obtuvo el Goya a la mejor película con Te doy mis ojos.

A muchos les sorprendió el acento andaluz que tiene la actriz Rafaela Aparicio a lo largo de la película. Ese acento era absolutamente real, ya que había nacido en Marbella y toda su carrera se la pasó disimulándolo.

Datos de la película

  • Ficha artística

Agustín Arenas: Omero Antonutti
Sonsoles Aranguren: Estrella, 8 años
Icíar Bollaín: Estrella, 15 años
Julia, esposa de Agustín: Lola Cardona
Milagros: Rafaela Aparicio
Irene Ríos/Laura: Aurora Clement
Compañero de reparto de Irene Ríos: Francisco Merino
Casilda: María Caro
Barman del Grand Hotel: José Vivó
Doña Rosario: Germaine Montero

  • Ficha técnica

Dirección: Víctor Erice
País/ Año: España/Francia, 1983.
Guión: Víctor Erice, basado en la novela de Adelaida García Morales
Producción: Elías Querejeta
Música: Bruno Canfora
Fotografía: Enrique Granados
Montaje: Pablo González del Amo
Diseño de producción: Antonio Belizón
Vestuario: Maiki Marín
Duración: 95 minutos

Víctor Erice

Carranza (Vizcaya) 1940

Tras estudiar Ciencias Políticas y Derecho, Erice fue admitido en 1961 en la prestigiosa Escuela de Cine de Madrid. Interesado por un cine más profundo e intelectual, empieza en el mundo de la crítica publicando en revistas como “Cuadernos de Arte y pensamiento” o “Nuestro cine”. En 1969 dirige un segmento dentro de la película coral Los desafíos en la que, aunque demuestra su impericia, ya se empieza a notar su estilo. En 1973 realiza El espíritu de la colmena, considerada para muchos el mejor título español de la historia. Mientras busca un proyecto que le resulte interesante, se dedica a dirigir anuncios publicitarios y productos televisivos. Durante esa época conoce a la escritora Adelaida García Morales con quien se casa. De su relación, surge el embrión de El Sur, que acabará resultando una novela y la segunda película de Erice. Los problemas surgidos durante el periodo de producción hacen que el realizador deje el cine aparcado y se dedique a otras actividades Diez años después volvería al cine con un bello documental titulado El sol del membrillo. En él se retrata la obsesión de pintor Antonio López por captar, sin éxito, la luz especial que ilumina a un membrillero. A finales de los noventa, Erice recibe el encargo de adaptar al cine la obra
de Juan Marsé “El embrujo de Shangai”. Tras escribir el guión, surgen los desacuerdos con el productor Andrés Vicente Gómez que le retira del proyecto para dárselo a Fernando Trueba. Su penúltima obra, Alumbramiento, forma parte del proyecto titulado Ten Minutes Older, filme colectivo en el que intervienen otros 14 cineastas (Jarmusch, Kaurismaki, Godard, Bertolucci, Wenders o Chen Kaige, entre otros). Esta obra no llegó a estrenarse en las salas españolas. A principios del 2006 realizó un mediometraje, La morte rouge, para la exposición “Erice. Kiarostami. Correspondencias”.

Nacho Jarne Esparcia

Autor: Nacho Jarne Esparcia

Nacho Jarne Esparcia es profesor de Tecnología Educativa de la Universidad de Barcelona.


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