La ciencia ficción y el espacio

Artículo publicado en el nº 217 Especial Ciencia Ficción

Artículo publicado en el nº 217 Especial Ciencia Ficción

La ciencia ficción espacial es la heredera de los relatos de viajes y aventuras exóticas. Para Marco Polo y los primeros  viajeros medievales, Oriente era un territorio ignoto y fascinante. Las audaces caravanas de comerciantes que lograran atravesar sus inmensas y desoladas llanuras encontrarían el Paraíso al final de su camino, rodeado de altas montañas habitadas de monstruos, dragones y demonios; allí donde termina el mundo, donde se unen los confines de la tierra y del cielo. Y los espacios desconocidos siempre son completados por la fantasía.


La literatura fantástica y los relatos de viajes han ocupado históricamente el mismo espacio literario que la ciencia ficción para alimentar el deseo o el temor de los hombres hacia lo exótico. El viaje fantástico es probablemente el relato con más influencia en la Ciencia Ficción, afirma John Clute en su Enciclopedia ilustrada de la ciencia ficción. Viajes en el  tiempo, en el espacio, por el interior del cuerpo humano, la abundante literatura de viajes reales e imaginarios, siempre ha satisfecho nuestra necesidad de lo nuevo y lo sorprendente.

Los viajes de descubrimiento. La colonización. La necesidad de grupos de individuos de desplazarse y establecerse en un lugar distinto de su país de origen, ha generado a lo largo de nuestra historia mucho buen material para los novelistas, y lo seguirá haciendo en el futuro, ahora que todo nuestro planeta ha sido prácticamente explorado y  empezamos a asomarnos, tímidamente, al espacio exterior. Los viajes espaciales son uno de los sueños más antiguos
del hombre y una extensión lógica de sus afanes exploratorios ya que, desde el principio de los tiempos, el hombre ha deseado alcanzar lugares lejanos y exóticos.

Se diría que nuestra especie se debate constantemente entre el miedo a lo extraño y la fascinación por lo extraño. Los cambios nos seducen o nos aterrorizan, pero jamás nos dejan indiferentes. Y la ciencia ficción es la literatura que trata de seres humanos enfrentados a situaciones y conflictos cambiantes. Este género es la herramienta perfecta para  especular sobre el comportamiento humano ante lo extraño. La ciencia ficción provee esa capacidad de reflexionar sobre lo que aún no se ha vivido proyectándose a través de una base real que da credibilidad a sus acciones.  Precisamente uno de los factores más atractivos del género es su enorme capacidad de especular sobre mundos, criaturas, razas y costumbres exóticas. Lo que popularmente se conoce como “sentido de la maravilla”.

Pero, ¿cómo empezó su andadura este nuevo género literario?

En los primeros años del siglo XX, la concepción newtoniana del universo y la teoría de la evolución de Darwin se habían popularizado a todos los niveles, de tal modo que estos avances científicos abrieron nuevas perspectivas a la  imaginación de los hombres y mujeres comunes. Nacieron así las especulaciones sobre el espacio y el tiempo y sobre cuál iba a ser el futuro de la raza humana y de la Tierra. Pero, por encima de todo, establecieron la idea de cambio, la comprensión de que se ha evolucionado y que se podría continuar evolucionando en el futuro y en lugares tan  remotos como las estrellas. Fue en esos años cuando Jules Verne escribió sus optimistas novelas sobre viajes extraordinarios y cuando H. G. Wells empezó a advertirnos sobre los posibles peligros que podía traernos toda esa nueva tecnología.

La ciencia ficción, tal y como la entendemos ahora, nació porque la popularización de la ciencia la había hecho posible.

En la segunda mitad del siglo XX, la llegada del hombre a la Luna, las primeras imágenes de la Tierra vista desde el  espacio, las sondas espaciales que han explorado Marte y otros planetas del Sistema Solar, contribuyeron a crear una conciencia popular del Hombre en íntima relación con el Cosmos.

Olaf Stapledon recreó una vasta visión de un Cosmos casi infinito y su relación con las inteligencias que habitaban en él. En su novela Hacedor de estrellas conduce al lector en un viaje por el tiempo y el espacio a lo largo y ancho del universo, desde mucho antes de la creación de la primera estrella hasta mucho después de la muerte de la última. Pero no sólo abarca este continuo desde el principio al fin, sino una miríada de universos sucesivos con un deslumbrante despliegue imaginativo.

Sin embargo, las dificultades de enviar hombres, incluso a lugares relativamente cercanos como la Luna o Marte, han resultado en la práctica ser enormes.

El espacio es intrínsecamente hostil y las dificultades de todo tipo elevadas. Mientras los soñadores, escritores y  científicos de las agencias espaciales diseñan el futuro en el universo, el presente nos recuerda que no hemos hecho más que comenzar el viaje, la exploración del espacio es todavía algo muy peligroso.

Pero donde hay peligro hay aventura. Y también seres humanos enfrentados a situaciones límite, algo que siempre logra sacar lo mejor o lo peor de cada uno de ellos.

La ciencia ficción espacial se establece con mayor propiedad durante la llamada “Edad de Oro” de la ciencia ficción, en pleno auge de las legendarias revistas pulp como Weird Tales, Astounding y Amazing, cuando el género se transformó en un fenómeno popular, más allá de las novelas de Jules Verne y H. G. Wells que definieron su infancia. El intento por darle a los textos un carácter científico vino de la necesidad que editores y escritores vieron de desligarse de otras corrientes literarias como la fantasía, la aventura y las otras alternativas de entretención con que compartían el mercado.

Podríamos hablar de tres corrientes básicas dentro de la ciencia ficción espacial:

Por un lado tenemos la Space-Opera que, con una vocación claramente aventurera, coloca temas comunes, situaciones dramáticas, aventuras, romance y guerras en un escenario espacial. De esta manera se habla acerca del futuro pero con los ojos puestos en un pasado que muchas veces tiene un cierto aire medieval, con imperios galácticos y guerras  estelares. Las novelas de Doc Smith o Edmond Hamilton son una buena muestra de esto. El ejemplo actual más característico es la popular saga cinematográfica Star Wars.

En segundo lugar tenemos la ciencia ficción espacial que intenta ser rigurosa con los conocimientos actuales de la  ciencia. Es la ciencia ficción hard, que pretende ser algo más que pura fantasía y presentar un futuro factible y una cuidadosa especulación a partir de nuestros conocimientos actuales. Los satélites artificiales, por ejemplo fueron  descritos por Arthur C. Clarke, el autor de la novela 2001: una odisea del espacio, bastantes años antes de que fueran realizables. Y muchas otras tecnologías innovadoras aparecieron antes en las novelas de ciencia ficción que en la vida real.

Las narraciones de ciencia ficción hard también han explorado las posibilidades científicas de colonización de otros  mundos por el hombre. Por lo que ahora sabemos, los planetas del Sistema Solar son inhabitables. Para colonizarlos  habría que crear biosferas artificiales que reprodujesen las condiciones de habitabilidad y confortabilidad de nuestra Tierra. Esto supone grandes retos, como el de la obtención del aire, el agua y el alimento a partir de un medio hostil. Las visiones más populares de la ciencia ficción de estas biosferas artificiales presentan grandes recintos en la superficie rocosa de planetas lejanos, bajo cúpulas resistentes a los rayos cósmicos y a los micrometeoritos. Otra opción para colonizar un planeta sería la “terraformación”, que consiste en la conversión de planetas hostiles para la vida en lugares agradables. Se estudia ya terraformar Marte, Venus e incluso la Luna y alguno de los satélites de Júpiter. El candidato más plausible en estos momentos es el planeta Marte, a quien el novelista Kim Stanley Robinson ha dedicado una  trilogía, Marte rojo, Marte verde y Marte azul, sobre la conversión de nuestro rojo vecino en un mundo similar a la Tierra. Para que admita la vida tal y como la conocemos, la atmósfera marciana debería volverse más densa y contener el  oxígeno necesario para la respiración, la temperatura media tendría que aumentar y el agua líquida debería volver a  llenar las cuencas secas de sus océanos. Marte podría convertirse así, gracias a una tecnología muy avanzada, en un  nuevo hogar para la humanidad. Pero esto aún parece ser un sueño muy lejano. Y finalmente tenemos un tercer tipo de ciencia ficción espacial (también con una larga tradición literaria que se remonta a los orígenes del género), que está más interesada en el impacto humano y sociológico que en las aventuras espaciales.

Este tercer tipo de ciencia ficción espacial nos habla del encuentro con lo Otro, con lo extraño o lo alienígena, para  hacer una profunda reflexión sobre nuestra propia cultura.

En Crónicas Marcianas, Ray Bradbury nos describe cómo la humanidad coloniza, en sucesivas oleadas, el Planeta Rojo y reproduce en él la civilización que dejó en la Tierra. También reproduce los mismos errores que la humanidad ha  cometido una y otra vez en su camino expansionista a lo largo de toda la historia de nuestra especie. En la poética  novela de Bradbury, los colonos transportarán a Marte no sólo una cultura extraña al planeta, sino también las  enfermedades que diezmarán a los marcianos y llevarán a la extinción final a toda su raza. Como ha sucedido tantas  veces en nuestra historia y en nuestro propio planeta, no mostrarán respeto alguno ante los marcianos y su misteriosa y fascinante cultura, que éstos intentarán desesperadamente proteger de la rapacidad de los recién llegados terrícolas.

Unos años antes, H. G. Wells había escrito su famosa novela La Guerra de los Mundos, donde eran los humanos quienes intentaban ser colonizados por los marcianos. En realidad, el escritor inglés aterrorizó a sus compatriotas con la idea de ser colonizados por malvados alienígenas llegados de Marte…, y que les hicieran a ellos casi exactamente lo mismo que ellos estaban haciendo en la India y en sus colonias de Oriente.

Al igual que Jonathan Swift recurrió a las imaginarias Liliput y Brondinnag en sus Viajes de Gulliver para obtener un  espejo deformante en el que reflejar la contradictoria sociedad de su tiempo, H. G. Wells y Ray Bradbury, y muchos otros escritores actuales de ciencia ficción, están hablando realmente de nuestra propia sociedad, de nuestros pecados y de nuestros propios miedos cada vez que hablan de viajes espaciales y de alienígenas.

Ésta es la extraordinaria capacidad de la ciencia ficción: los imperios galácticos, los viajes en el tiempo, las razas  decadentes, los extraterrestres agresivos o bienhechores, las inteligencias en envolturas extrañas. Hoy por hoy, a principios de ese siglo XXI que tan lejano les debía parecer a Verne, Wells, Gernsback y Campbell, la ciencia ficción sigue buscando nuevos horizontes y nuevos desafíos.

Autor: Juan Miguel Aguilera

Juan Miguel Aguilera (1960) es novelista, dibujante, guionista y diseñador industrial. Es autor de las novelas Mundos en la eternidad, La llavor del mal (premio Juli Verne), La Locura de Dios (premio Ignotus en España, Imaginales en Francia y Bob Morane en Bélgica), Rihla y Mundos y demonios. Guionizó la película Naúfragos (Meliés de Plata en el Festival de Cine Fantástico de Roma).


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