La LIJ, el azúcar y la obesidad infantil ¿Una relación polémica?

Artículo publicado en el nº 269 Especial LIJ y Nuevas Tecnologías
Artículo publicado en el nº 269 Especial LIJ y Nuevas Tecnologías

Ahora que en todos los medios, las escuelas y en la sanidad existe una gran preocupación por el aumento de la obesidad en la infancia, es interesante comprobar cómo los dulces están presentes con frecuencia en la LIJ. Eso es lo que nos muestra este artículo que nos hace reflexionar sobre el dulce.


A raíz de la reciente publicación de La pastelería Bliss (Littlewood, K. B de Block, 2012) hago un breve repaso de algunas de las obras literarias que tienen como trama principal el chocolate, los caramelos, o las tartas, es decir, lo que podíamos llamar “literatura dulce”. Sin embargo, resulta curiosa la relación existente entre “lo dulce” y la LIJ, porque a menudo vemos ambas relacionadas con el miedo, la inseguridad, la maldad, aunque también con la magia y la diversión.

A veces me pregunto si entenderán los niños porqué se les prohíbe comer muchas chuches cuando cada vez hay más pastelerías por metro cuadrado. ¿Se puede llegar al estómago de los niños a través de los cuentos? ¿Es lícito en una sociedad, con el problema acuciante de la obesidad infantil, regodearse literariamente en el tema del consumo de dulce?

¿Por dónde empezamos? Datos e Historia

Los cuentos tienen un gran poder de influencia en los más pequeños debido a los mensajes, valores o principios, que puedan llegar a transmitir. Es muy importante el tipo de cuentos que se relatan a los niños. Por ejemplo Bettelheim1 señala como positivos las narraciones que ofrecen soluciones a conflictos infantiles, de manera que ello les pueda proporcionar seguridad.

¿Se puede considerar al excesivo consumo de dulces un conflicto infantil, o solo es un tremendo problema social?

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la obesidad y el sobrepeso han alcanzado caracteres de epidemia a nivel mundial. Las cifras asustan, porque el crecimiento de la obesidad infantil no para, y ya en España es espectacular y preocupante: si hace 15 años, el 5% de los niños españoles eran obesos, esta proporción es ahora del 16%, para una edad comprendida entre los 6-12 años.

Hay muchas causas, pero como esto no es una revista de medicina, evidentemente, no vamos a entrar en ellas, aunque sí pretendo, de manera escueta, ver como la LIJ trata la presencia del dulce en sus páginas. ¿Es esta una postura justa, o por el contrario les estamos “mareando” a los niños, vendiendo una forma sana de comer por un lado, y bombardeándolos con kilos de literatura dulce por otro? ¿Son equilibradas las historias que les llegan, en las que el protagonismo está en una mesa repleta de tartas, bizcochos, y dulces de todo tipo?

En España el crecimiento de la obesidad
es espectacular y preocupante:
si hace 15 años, el 5% de los niños
españoles eran obesos, esta proporción
es ahora del 16% para una edad
comprendida entre los 6-12 años

John Locke2, en el siglo XVII, decía lo siguiente: “Para desayunar y cenar, leche, sopas de leche, gachas, bollos de avena, y veinte cosas más que son costumbre en Inglaterra, y son muy adecuadas para los niños: solo hay que procurar que sea todo natural, sin mucha complicación, y con poco aderezo de azúcar, o mejor sin aderezo alguno…”.

La cosa es evidente, existe muy poca gente en este mundo al que no le guste nada, lo que se dice nada, “ese aderezo”. Todos somos consumidores, en cierta medida, de azúcar y la literatura, no solo LIJ, sino de adultos, también se ha rendido en multitud de ocasiones a este hecho. Sin embargo, la relación con esta especie de malsana obsesión, y la letra impresa, digamos que suele pecar de “correctivo”. ¿Por qué será?

En Charlie y la fábrica de chocolate (Alfaguara, 2004) por ejemplo, R. Dahl nos advierte sobre la glotonería, la ambición excesiva, la falta de humanidad, pero también sobre la amabilidad, el respeto, y el sentido común que parecen ser la tónica en el protagonista, y que le hacen ganar un concurso al que accedió con escasos medios. Famosos son los “correctivos” aplicados a los niños “malos” del libro, porque igual que los buenos comportamientos siempre se han premiado, los malos deben ser castigados, aunque ello suponga convertirse en un arándano con ojos.

Y si de buen comportamiento hablamos, en La pastelería de Doña Remedios (Fernández, A. Edebé, 2011) nos encontramos con un niño Luis, sobrino de la pastelera, que es temido por todos, incluida su tía, porque cada vez que aparece por el local, y esto sucede el último jueves de cada mes, suceden las cosas más extrañas como, por ejemplo, que una mosca remolona tenga la desdicha de entrar en ese momento, restando protagonismo al propio niño.

Lo que llama la atención en este libro, sin embargo, es la descripción minuciosa, de pasteles, tartas, cremas, olores, hasta el punto de poder paladear a cada instante cualquiera de las exquisiteces que salen del horno. De ese modo, ¿quién puede resistirse?

Ni siquiera lo harían los ratones, al menos no Papas Fritas, que así se llama el protagonista de Mermelada de fresa (Nesquens, D. Anaya, 2011). Este divertido cuento, nos presenta un roedor al que no le gusta el queso, ¡no qué va!, él es más fino que todas esas cosas y se pirra por, como reza el título, la mermelada de fresa, hasta el punto que, con el tarro cerrado y sin que ningún olorcillo aparente salga de él, Papas Fritas puede reconocerlo. ¿Creerá adicción este placer?

Imagino que no tanto como el chocolate, ya que si hay un sabor que puede resultar adictivo, este es el del cacao, y son muchas las obras que se han dedicado a este manjar, a pesar de la mala prensa, sobre todo entre las mujeres, aunque sean estas mismas las mayores consumidoras al estar dotado de un halo de magia, que sirve como reputado quitapenas.

En esta tesitura se mueve el libro, Chocolate con lluvia (Vieira, A. Edebé 2005) título dedicado a un público de más edad, y ya con algunos años de edición encima, donde la protagonista, una jovencita portuguesa, cuenta a modo de diario sus penas, su añorado viaje a España, los problemas de sus amigas y los suyos propios, y cómo un trozo de chocolate hace todo esto, y la vida en general, mucho más llevadera.

Me gusta el chocolate (Daviddi, E. Tuscania, 2004) es algo que hemos oído en infinidad de ocasiones, y es también el título de este librito dedicado a todos aquellos amantes del delicioso alimento, que lo es y muy sano, cuyas edades pueden oscilar entre los 6 y 100 años. Si ya es raro que a alguien no le guste el dulce, que haya alguna persona al que no le guste el chocolate, aún lo es más.

Olerlo, mirarlo, tocarlo, pero sobre todo saborearlo, cuando te gusta, todas esas cosas te parecen de lo más normal, pero… tiene que tener una medida, y este librito se encarga de poner a las mamás como gendarmes chocolateros, en pro de que los niños no revienten de un atracón de bombones.

LIJ como faro de control alimenticio

¿Se puede a través de la LIJ fomentar el consumo responsable de dulce? ¿Podemos, sin caer en la moralina, reeducar a los niños para que coman sano, además de comer chuches? La respuesta debería ser afirmativa, si atendemos a las palabras de Bettelheim y otros muchos investigadores, que hablan de la importancia de los cuentos en el desarrollo de la infancia. Se puede acceder a ellos, a sus problemas, a sus necesidades, siendo una de ellas en la actualidad, y de manera dramática, la de alimentarse de manera sana y equilibrada.

Y precisamente es lo que pretende el título Una rica merienda (Antón, R.; Núñez, L. S.M 2002) que muestra una visión muy, pero que muy diferente del cuento de Caperucita Roja, hasta el punto en que el malo, malísimo, es la víctima al que todos quieren ayudar, pues no quiere comer otra cosa que no sean chuches, y por eso se encuentra fatal:

- ¿Qué le pasa Señor lobo? Su tripa parece un globo. ¿Quiere usted una sardina?
- ¡Quiero  tomar gominolas! ¡A la porra las sardinas! ¡Y no quiero zanahorias, ni me gustan las manzanas!

Al final, el resto de protagonistas del cuento, desde la propia Caperucita, hasta un conejo blanco le mostrarán lo que significa comer de verdad, y le prepararán un gran batido de frutas, explicándole que eso sí es una comida sana, lo que hace que se encuentre mucho mejor, y decida bailar con todos ellos para celebrarlo.

La ya mencionada Pastelería Bliss juega una baza muy importante, aunque no desconocida, al unir magia y cocina, pero sobre todo, magia y dulce. No es cierto, como reza parte de la publicidad editorial, que el tema no se haya tratado nunca, de hecho hay libros de hace algunos años que se parecen “terriblemente” a este.

Dos de ellos se deben a la autora inglesa Fiona Dunbar, estos son Las galletas de la suerte y Los pasteles de Cupido (Ediciones B, 2006 y 2007 respectivamente). Ambos tienen como protagonista a Lulu Baker que consigue las cosas más inverosímiles gracias a las recetas de un libro mágico que encuentra casualmente. Cosas como que con unas galletitas alguien diga toda la verdad, o que con unos simples pastelillos la gente se enamore… aunque no sea de la persona que tiene que enamorarse.

Situaciones realmente idénticas a las que podemos encontrar en este recién estrenado titulo de La pastelería Bliss en el que una jovencita arma un buen alboroto en el pueblo, donde viven y tiene sus padres la pastelería, precisamente por mal utilizar un libro mágico de recetas que, su madre, tiene, como oro en paño, guardado.

Al margen de parecidos, más que razonables, entre unas y otras historias, es la tendencia a dotar a lo dulce de carácter mágico, lo que debería servir para “engatusar” a los niños hacia una forma de alimentación mucho más sana. Comer dulce no es necesario, aunque ciertamente está muy rico, mucho más que las zanahorias y el brécol, no sabemos de ningún vegetal, al margen de la calabaza que se convierte en carroza, que tenga poderes mágicos, que transformen la vida de los que los comen, sin embargo dulces…

Conclusión

Son muchos los cuentos, libros, e historias, en las que el azúcar es protagonista absoluto, es más, en este caso el famoso dicho de “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” no se cumple. Bizcochos, tartas, mermeladas, caramelos, batidos, helados, chicles, etc. son tan mágicos y tan bonitos sobre el papel, lleno de color, como en el mismo local, en la mayoría de las ocasiones, embajadas perfectas de un mundo dulce. Sin embargo debemos recordar que una bruja se sirvió de una preciosa casita de caramelo para atraer a dos niños con las más perversas intenciones.

No es cuestión de prohibir, sino de educar, y, creo yo, de compartir los cuentos con los niños. Cada vez hay más LIJ, más información, incluso en Internet3, que nos puede ayudar, a que uno de los mayores problemas que tiene en estos momentos la infancia, comience a dejar de serlo.

Notas

  1. Bettelheim, B. “Psicoanálisis de los cuentos de hadas” Barcelona Ed. Crítica, 2006.
  2. Locke, J. “Some thoughts concerning education. (Algunos pensamientos sobre la educación)” London, 1693.
  3. www.lacocinaencuentada.com; www.cuentosparadormir.com

Autor: Ch. Fernández Villaseñor

Ch. Fernández Villaseñor es licenciada en Antropología Americana. Ha trabajado como documentalista y ha colaborado con artículos de investigación para Historia y Vida, Misterios de la arqueología y del pasado, o Revista de Arqueología. Es escritora de cuentos para público infantil/juvenil.


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