La psicopatía en el cine. Análisis del mal en distintos filmes

Artículo publicado en el número 81 de la revista Making Of
Artículo publicado en el número 81 de la revista Making Of

El mal ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia, y resultaría realmente utópico e irrealista imaginársela sin su existencia. Por ello es tan frecuente encontrarlo en nuestras películas, puesto que son un reflejo de nuestras vidas, por ello en este artículo se realiza una aproximación al concepto del mal, a través de la figura del psicópata en el séptimo arte.

Introducción

El mal ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia, y resultaría realmente utópico e irrealista imaginársela sin su existencia. Por ello es tan frecuente encontrarlo en nuestras películas, puesto que son un reflejo de nuestras vidas.

De hecho, consideramos que el mal es en cierto modo inevitable, y que concebir el mundo y las relaciones sin mal sería pretencioso e irreal, aunque el ser humano deba aspirar en cierto modo a ello.

Sin embargo, ¿qué es realmente el mal?, ¿qué acciones son, en sí mismas, malignas?, ¿cuándo se puede considerar que una persona es malvada?. Y, ¿cómo representa nuestro cine el mal, a qué personas lo asocia, a qué situaciones?, ¿lo relaciona con alguna patología en especial?

Este escrito plantea estas preguntas y muchas más, y hemos intentado hallar, si no respuestas concretas, una aproximación a ellas.

¿Qué es el mal?

Posiblemente no existe una definición del mal, por lo que describir la maldad de manera objetiva es complejo. No se puede definir a través de sus efectos: por ejemplo, la naturaleza produce mal continuamente (terremotos,  inundaciones, desastres naturales de todo tipo que dejan un paisaje de desolación a su paso, etc.), pero la naturaleza no es ni buena ni mala, no tiene categoría moral.

No nos interesa aquí entrar en un debate moral acerca de la definición del mal, puesto que tanto las personas como entes individuales, como las sociedades o grupos sociales, poseen un conjunto de creencias más o menos propias sobre qué es lo correcto y qué es lo incorrecto; en definitiva, qué es bueno y qué es malo. Nos interesa más intentar abordar sus mecanismos, sus entrañas.

A priori el mal determina la ausencia de bondad en una acción; esta acción se separa de lo lícito y honesto, y puede  provocar desgracia, calamidad, daño u ofensa. Luego la esencia del mal está en el comportamiento de los hombres entre ellos, en la interacción.

La especie humana tiene una marcada propensión a la socialización, que practicamos de manera compulsiva y de todas las formas posibles. Para algunos arqueólogos cognitivos, en la socialización está la clave del éxito evolutivo de la especie, tanto en su vertiente tecnológica como cerebral, que constituyen los dos pilares de la misma. Así, acabamos siendo la especie con mayor grado de socialización y más necesidad de ésta que existe en la Tierra; dependemos de nuestras relaciones ya desde que  nacemos. Durante toda nuestra vida nos vemos afectados constantemente a nivel conductual, emocional, cognitivo, político y social por los otros individuos, lo queramos o no, seamos conscientes o no.

La base de la socialización es la interacción, nos socializamos porque interactuamos unos con otros de una forma  constante, ruidosa y con unos niveles de complejidad únicos en nuestra especie, y es precisamente de esta interacción de donde surge el mal en sus diferentes expresiones. En otras palabras, el mal radica en el mismo hecho de que los  seres humanos nos relacionamos unos con otros. Esta interacción se constituye así en nuestros gozos y nuestras sombras; en el refl ejo de nuestro gran éxito y nuestro fracaso. Lo que constituye nuestra gran baza evolutiva, la  socialización, es también la fuente del mal con sus secuelas de dolor y sufrimiento, siempre padecido por un ser humano e infligido por la acción de otro ser humano.

Ante todo, cabe hacer una distinción entre el mal consciente (“sé que te voy a hacer daño si hago eso”) y el mal  inconsciente (“no tengo conciencia de que mi acción te vaya a perjudicar”). Para que una acción pueda considerarse como maligna o no, creemos que debe haber sido llevada a cabo voluntariamente y con conciencia de sus  consecuencias. Así pues, respecto al segundo tipo de mal, al no ser consciente, no hay ninguna pretensión ni intención de hacer daño, y por lo tanto no lo consideramos en ningún caso como una acción que albergue maldad en el  individuo que la realiza, no estamos hablando de un “ser malvado”. Es aquí donde podrían entrar los enfermos mentales graves como los que padecen esquizofrenia, trastornos disociativos, trastornos paranoides, etc.

El mal lo encontramos tanto a nivel cotidiano, por ejemplo en una disputa entre dos personas que divergen en sus pensamientos y creencias, en los conflictos en la pareja y la forma de abordarlos, etc., hasta el mal a gran escala, como las guerras, las violaciones en masa, las torturas o los asesinatos en serie.

El gran mal y el pequeño mal

Estamos mucho más acostumbrados a la percepción social del mal a gran escala: la guerra y sus variantes (la limpieza étnica, el genocidio de grupos religiosos e ideológicos, la represión, la tortura, etc.), constituyen el mejor ejemplo. En realidad no hay muchos etcéteras; es curioso cómo tanto mal puede caber en tan pocas palabras.

Lo que define el gran mal es que es grupal, siempre practicado por seres humanos individuales pero en un contexto de grandes grupos tanto en sus ejecutores como en sus víctimas. Por descontado, no se niega la clave de la participación individual; el concepto de responsabilidad es siempre sobre la base individual, no colectiva. Pero lo cierto es que en este gran mal la ejecución y la ideología es siempre en grupo.

Existe “el pequeño mal”, el ejercido directamente por unos seres humanos sobre otros seres sin raíz religiosa,  ideológica, étnica o económica, sino nacido simplemente de la relación entre ellos y las dinámicas que genera la  relación. No tiene más origen que la misma relación entre seres humanos y sus derivas que se mezclan y se cruzan, unas veces para el efecto de producir un marcado sentimiento de bienestar y algo parecido a la felicidad, y otros un marcado sentimiento de dolor y sufrimiento. La mayoría de las veces los dos grupos de sentimientos se producen en la misma relación con la misma persona, a veces uno sigue a otro, a veces se entremezclan, casi siempre somos víctimas y  ejecutores a la vez, casi siempre tenemos la percepción de que somos víctimas, aunque a veces podemos vernos como ejecutores. En general, siempre está omnipresente la culpa; la culpa… ella maldita alma.

La mayor parte de los seres humanos han realizado en alguna ocasión daño a otra persona con conciencia de ello, ya sea para conseguir un fin personal, por rabia, por venganza, por un impulso, bajo los efectos de una sustancia, etc. Pero esta aparente maldad aparece sólo en determinados momentos y no es una característica propia de esta persona; entonces en la mayoría de los casos estamos hablando de una “acción malvada” en lugar de un “ser malvado”.

La psicopatía y el veinte por ciento

Por descontado, también existe el gran mal a nivel puramente individual. Los criminólogos dicen que aproximadamente el 20% de la humanidad hace sufrir al otro 80%. Simplemente, hay seres humanos que, más allá de toda ideología o  posición política, étnica o económica, parecen disfrutar haciendo mal a otros seres y se muestran especialmente insensibles a su dolor. El verdadero mal reside en aquellas acciones que causan un daño a otros y se realizan con  conciencia de ello e intencionalidad (ya sea como fin en sí mismo o como medio para conseguir otro objetivo), yendo asociadas a una ausencia total de culpa y remordimiento. Las personas que realizan este tipo de conducta sufren, desde un punto de vista clínico, un trastorno antisocial de la personalidad, y son los también llamados psicópatas.

Es ante ellos frente a lo que frecuentemente se tiene el pensamiento de “esto es el mal”, “estoy ante el mal”, “el mal existe”, existe más allá de toda teoría y toda explicación, más allá de toda práctica policial, clínica y forense e, incluso, se llega a pensar que existe más allá de la misma persona, la misma figura, en la que ahora se ha encarnado. Tiene entidad propia y forma parte del mundo con la misma naturalidad que la forman el suelo o las plantas que sobre él crecen o la mesa sobre la que escribimos. El cine ha intentado trasmitir esta sensación muchas veces.

Las dos características básicas de la psicopatía son la facilidad y ausencia de freno en las conductas dañinas para los demás, y la insensibilidad y falta de empatía hacia el sufrimiento de los otros. Estos individuos se caracterizan por la ausencia de respuestas emocionales (empatía, culpa, capacidad de amar, etc.). Como no son capaces de crear ningún vínculo ni de sentir empatía por los demás no encuentran inconveniente a la hora de hacer daño a otros para conseguir sus propósitos.

Los psicópatas no tienen una conciencia moral y, por lo tanto, aunque saben que sus actos son socialmente considerados como malos, no los sienten como tal. El psicópata es capaz de distinguir entre el bien y el mal y elige, voluntariamente, el mal. Por esta razón, los psicópatas responden de sus actos ante la ley.

Como rasgos característicos presentan, además, un gran sentimiento de autoestima, una gran necesidad de  estimulación, facilidad de palabra y atractivo superficial. Son mentirosos patológicos, manipuladores, presentan afectos superficiales, crueldad, impulsividad e irresponsabilidad. Son irritables y agresivos, menosprecian los sentimientos y los derechos de los demás. Son incapaces de acceder a los sentimientos de otras personas, reaccionan con frialdad ante sus necesidades y pueden planificar y crear dolor en ellas sin inmutarse si con ello creen conseguir lo que desean o por el simple placer de hacer daño.

El poder del cine

El cine acerca a las personas al conocimiento de realidades muchas veces muy lejanas a su cotidianidad, ya sean guerras pasadas, los grandes genocidios en la historia de la humanidad, asesinos en serie, etc. y, evidentemente, también nos acerca a las diferentes expresiones del mal, y también a su relación con ciertas enfermedades mentales.

El cine moldea y crea su propia visión y la presenta a un público que en su mayoría no está nada familiarizado con ésta. Muchas veces lo hace de una manera confusa y contradictoria, mezclando rasgos de diferentes patologías en una misma, diagnosticando enfermedades a personajes que no presentan sus características, etc. Todo ello provoca que la gente pueda acabar formándose una idea equivocada de muchas patologías y de la gente que las padece. Esto implica que se creen estigmas y estereotipos de las mismas, con las consecuencias que esto comporta.

Esta distorsión de las enfermedades mentales se ve claramente en el caso de la esquizofrenia. Esta enfermedad mental se caracteriza por alucinaciones, delirios y trastornos formales del pensamiento, y en muy pocas ocasiones implica acciones violentas hacia otras personas. Sin embargo, el cine la ha asociado muy a menudo (erróneamente) a la violencia, cuando en realidad se sabe con certeza que esta clase de enfermos mentales no comenten en su mayoría actos violentos, sino que suelen ser más bien las víctimas de los mismos. Además, cuando realizan actos violentos, éstos son fruto de sus delirios y no hay en ellos intención de herir a otras personas (por ejemplo, empujar a alguien a las vías del tren porque cree que es el diablo).

Hay numerosos ejemplos de películas que relacionan, pues, la violencia con la esquizofrenia. Por ejemplo, en el clásico Psicosis de Hitchcook, muchos pueden pensar que el personaje de Norman es un psicópata, nada más lejos de la  realidad. De hecho, los mismos especialistas en salud mental albergan dudas acerca del diagnóstico certero del personaje de Norman, yendo desde un diagnóstico de trastorno de identidad disociativo a una esquizofrenia paranoide. Aunque no han llegado a un acuerdo sobre qué tipo de patología presentaría, sí coinciden en afi rmar que no se trata de una psicopatía.

No obstante, el cine puede también ejercer una función opuesta: aprovechar su potencial a la hora de informarnos correctamente, y ayudarnos a entender la realidad y, en este caso, la mente humana.

Un ejemplo de ello es Una mente maravillosa, de Ron Howard, donde se hace una buena representación de los delirios y de las alucinaciones y se comparte con el espectador la dureza de sufrir una enfermedad como la esquizofrenia, así como la ausencia de agresividad de este trastorno. Esta película, como otras, ha conseguido acercarse bastante mejor a la esquizofrenia, e incluso parece que se ha esforzado en marcar la gran línea que separa los psicópatas de los enfermos psicóticos.

Manifestaciones del mal en el cine

Como hemos comentado, existe una gran variedad de manifestaciones del mal, con diferentes causas, expresiones, agentes, víctimas… El cine ha expuesto el mal en casi todas sus vertientes, explotando más unas que otras.

Una de las manifestaciones más llevadas al cine ha sido el “gran mal”, el mal hecho por un grupo de personas a otro (y, muchas veces, viceversa), como por ejemplo las guerras. Sin embargo, pese a ser una acción grupal, los miembros del grupo son personas individuales, que acaban realizando acciones atroces (matanzas, violaciones, torturas, etc.). ¿Eran ya personas crueles antes de, por ejemplo, la guerra, o se volvieron así en ella? ¿Eran personas distintas a cualquiera de nosotros? Se han realizado muchos estudios al respecto, y muchos apuntan hacia la teoría de la “banalidad del mal”. Como señala Hannah Arendt, el mal no proviene siempre de la crueldad, sino que viene muchas veces de la falta de criterio, de la superficialidad, de dejarse llevar por la corriente. Así, la mayoría de veces estos comportamientos malvados no serían llevados a cabo por personas intrínsecamente malvadas, sino por personas, si acaso, de carácter débil, que se dejan llevar por la situación. Existieron intentos iniciales de interpretar el Holocausto como un acto llevado a cabo por trastornos mentales, pero todos ellos fracasaron: como máximo un 10% de los miembros de las SS tenían algún trastorno mental que pudiera explicar su actuación.

Ejemplos de películas que han hablado de los grandes males, han sido tales como: El pianista, La lista de Schindler o American History X, entre muchas otras.

Resulta realmente interesante reflexionar sobre el tema de por qué personas que no albergan el mal en su interior pueden acabar realizando actos tan crueles. Sin embargo, como hemos dicho, en este ensayo vamos a centrarnos en el mal llevado a cabo por personas que sí que parece que albergan maldad, personas que, al margen de la situación en la que se encuentren, agredirán a otros seres humanos si esto les ayuda a conseguir sus fines.

Los psicópatas en el cine

Y, al fin, llegamos a la gran cuestión: el tratamiento que da el cine a las personas que albergan mal, a los seres malvados, a los psicópatas en definitiva.

¿Los encuadra en un contexto marginal, justificando sus acciones, haciendo reflexionar al espectador de la susceptibilidad de nuestros comportamientos, modificables dependiendo del ambiente? ¿Nos hacen sentir pena por ellos? ¿Podrías haber sido tú? ¿Podría ser tu vecino o tu hijo si está suficientemente desquiciado?

¿Nos hace reflexionar acerca de lo que está bien y lo que está mal jugando con la idea de que no hay moralidad? ¿Nos incita a pensar que no sucumbimos a nuestros instintos por culpa de la sociedad pero que todos tenemos el impulso de matar, y que como decía Freud nos reprimimos por “el malestar de la cultura”, existiendo individuos que en cambio son valientes y consiguen hacer lo que realmente quieren?, ¿o nos los presenta como personajes que no son propios de la raza humana, como entes carentes de emoción contra los que hay que combatir, para que los odiemos y nos sintamos orgullosos de nuestra inteligencia superior, y presumamos de nuestro amor por la humanidad y el deseo utópico de querer el bien para todos?

¿Alguien lucha contra ellos? ¿Hay la figura del bien y el mal?

Pues la verdad es que, en la mayor parte de los filmes (que eso sí, no han pasado al estrellato), el mal se bate a duelo con el bien.

Suelen ser películas policíacas, de terror, suspense, donde unos policías, una familia, unos “inocentes” luchan, huyen o son víctimas del mal (un psicópata que se escapa de un centro psiquiátrico, un asesino en serie, etc.).

Estas películas no se molestan demasiado en esbozar el perfil psicológico del psicópata. Serían películas como Scream,
Sé lo que hicisteis el último verano o El coleccionista de huesos, dónde el psicópata es un personaje que se limita a hacer una función: matar. Incluso en la conocida película La matanza de Texas no queda nada clara la personalidad de
los asesinos.

Hay determinadas películas que se acercan a los psicópatas de otro modo, y han creado un cierto interés colectivo en comprender esta figura. Seguidamente vamos a comentar algunas de ellas. Éstas suelen ser del género de terror, que explota el mayor miedo que tiene, en genérico, el ser humano: el miedo a morir.

Un ejemplo sería El fotógrafo del pánico (Peeping Tom en su versión original). Esta película de los años 60 fue una arriesgada apuesta del director Michael Powell que recibió duras críticas. El protagonista de la historia es el mismo asesino, Mark Lewis, que se presenta a las mujeres como director de documentales. Este psicópata acaba con sus víctimas mientras las filma con una cámara que lleva asociada una púa metálica.

Esta película es del mismo año que Psicosis, y fue descrita como más terrorífica y efectiva, al hacer un acercamiento más certero a la mente de un psicópata. El espectador verá a Mark como un monstruo, pero el director hizo esfuerzos para que su psicología llegara al público, ya que poco a poco se nos revelan episodios de una niñez problemática que nos lo hace más simpático. Así, vemos que Mark tenía un padre sádico que lo utilizaba para sus experimentos y que ya de niño posó con su madre muerta en fotografías. Esta película repugnó al público en cierto modo, ya que convierte al mismo público en cómplice de sus atrocidades durante todo el largometraje. También el éxito de Psicosis ese mismo año hizo que esta película fuera vista como demasiado demoledora y perversa. Posiblemente fue la primera película que se adentraba tanto en la mente de un psicópata (antes las películas de terror se habían refugiado en hombres lobo, drácula, demonios, etc.) y en un primer momento no fue bien acogida por el público, aunque con el tiempo esta percepción ha cambiado, pues resulta una propuesta interesante y una valiosa pieza cinematográfica.

La patología que sufre el protagonista, Mark, es un poco confusa puesto que se nos presenta a un psicópata como alguien triste, solitario, retraído en sí mismo, silencioso. Mata de una manera sigilosa y tranquila. Tiene una obsesión con las cámaras y las fotografías, y ciertamente carece de emoción ante ninguna de sus víctimas, así como tampoco tiene relaciones emocionales.

En American Psycho encontramos otro intento de retratar a un psicópata asesino en serie, un yuppie de los años ochenta que vive rodeado de riqueza y que lleva una vida paralela en la que practica reiterados asesinatos, canibalismo y sexo extremadamente violento.

El protagonista, Patrick Bateman, presenta, en muchos aspectos, las características definitorias de un psicópata.  Analicemos las siguientes palabras que dice para sí mismo: “Tengo todas las características de un ser humano: carne, sangre, piel, pelo… pero ni una sola emoción clara e identificable, excepto avaricia y aversión. Está ocurriendo algo horrible dentro de mí, y no sé porqué. Mis sangrientas lujurias nocturnas están empezando a apoderarse de mí. Me siento letal, al borde del frenesí, creo que mi máscara de salud mental está a punto de desmoronarse”.

En esta descripción observamos características propias del psicópata, como la ausencia de emoción hacia los demás, la necesidad constante de estimulación, el pobre autocontrol de la conducta y la sensación de poder y de magnanimidad (me siento infalible).

Algo confuso de esta película es que mezcla características de varias patologías. Paralelamente a sus rasgos psicopáticos, encontramos muchos rasgos propios de un trastorno obsesivo (su obsesión por cuidarse, por tener todo en orden, que sea incapaz de soportar que se ponga un vaso sobre su mesa sin un posavasos debajo, etc.) cuando la psicopatía primaria, que es de la que estamos hablando, se caracteriza por ausencia de manifestaciones psiconeuróticas. Sin embargo, debemos tener en cuenta que estas conductas son fomentadas por su egocentrismo y su alta autoestima (él debe ser el mejor, tener el mejor cutis, etc.), y que forman parte de su propio código de conducta. En cambio, en relación con los actos violentos, no muestra ninguna señal de nervios al realizarlos.

Al final de la película empieza a mostrar rasgos psicóticos (ver escrito en la pantalla de un cajero introduzca al gato por la ranura, escenas violentas poco creíbles como con un par de disparos volar un coche por los aires, etc.), rasgos que tampoco son característicos del trastorno antisocial de la personalidad. Estas manifestaciones permiten al director dejar el final abierto sobre si todos sus crímenes han ocurrido únicamente en su mente (y por lo tanto sería un caso más bien de esquizofrenia), o si realmente los ha realizado. Al final, el protagonista, cuando siente que lo van a descubrir, pierde los nervios y se declara culpable, pero encuentra que no le creen, que el piso donde guardaba los cadáveres estaba vacío y que parece que no haya realizado nada de todo ello.

Sea como sea el final que cada uno escoja, si se analiza al protagonista al margen de esta última parte de la película, se encuentran, como hemos dicho, muchos rasgos de la personalidad de una persona que sufre un trastorno antisocial. Así, además de los comentados, muestra un encanto superficial (por ejemplo, a la hora de encandilar a su secretaria), buena inteligencia, infidelidad a su pareja (que parece utilizar más bien para aparentar una vida normal), mentira patológica, manipulación constante de toda la gente que tiene a su alrededor (convence incluso a una prostituta a la que ya ha hecho daño para que vuelva a subir al coche con él), ausencia de empatía hacia otras personas (no muestra ningún sentimiento frente al sufrimiento de sus víctimas, ni siquiera frente a los sentimientos de su  novia), egocentrismo patológico (actúa como si todo tuviera que estar centrado en él) e incapacidad de amar, gran sentimiento de autoestima, ausencia de culpa y remordimientos, impulsividad… Muchos de estos rasgos podríamos relacionarlos también con un trastorno narcisista de la personalidad, como el egocentrismo y la alta autoestima, y la necesidad de admiración y de estar siempre por encima de los demás (y la facilidad con que se hiere su ego si ve que alguien es mejor que él en algo, y la violencia con que reacciona ante ello). También cabe destacar que el trastorno antisocial de la personalidad está relacionado con el abuso de sustancias psicoactivas (conducta que el protagonista realiza a menudo) y los trastornos sexuales (el protagonista presenta comportamientos parafílicos y realiza crímenes sexuales).

Así, esta película nos presenta en muchos aspectos una visión bastante cercana a un caso de psicopatía, aunque también corre el riesgo de relacionarla con manifestaciones más bien obsesivas y psicóticas.

Otra película interesante desde nuestra perspectiva es El perfume: Historia de un asesino. El protagonista es Jean-Baptiste Grenouille, un niño que fue repudiado por su madre nada más nacer, criado en un orfanato siendo maltratado por el resto de niños, y finalmente vendido a una curtiduría donde trabajaría duro durante muchos años, viviendo como un esclavo. Así esta película, igual que en El fotógrafo del pánico, justifica, en parte, la figura del psicópata a partir de su infancia, apartada del resto del mundo, maltratado y sin una figura que le ayudara a desarrollarse en todos los ámbitos, ni siquiera en el moral, aspecto esencial para explicar cómo actuará en el futuro. Será un chico que no ha aprendido a relacionarse y que su única fuente de placer (y su único objetivo en la vida) será deleitarse a través del olor.

La primera vez que acude a la ciudad, es deleitado por el aroma de una joven, a la cual sigue y acaba asfixiando al taparle la boca para que ésta no grite. Su objetivo no era matarla, y queda sorprendido al darse cuenta de que lo ha hecho, pero no muestra signos de pena, culpa o dolor, y una vez recompuesto, la desnuda para poder olerla y captar su olor. A partir de entonces, matará a muchas otras jóvenes sin mostrar ningún sentimiento al respecto, pues para él son simples elementos necesarios para conseguir su objetivo: crear un perfume a partir de sus fragancias. En este personaje encontramos algunas, pero no todas, las características de la psicopatía, siendo una figura ambigua y muy compleja desde la perspectiva psicopatológica. Presenta la falta de empatía y de respuesta emocional ante el sufrimiento de los demás, características típicas de los psicópatas, pero el protagonista no manipula de una manera tan retorcida como por ejemplo el de American Psycho, aunque igualmente usa a las personas según le convenga y para conseguir su finalidad. No es un personaje con una gran autoestima, típica en los psicópatas, aunque sí que se siente especial y único por su gran capacidad del olfato; igualmente, el personaje es algo retraído, pues nunca ha aprendido a comunicarse con otras personas y lo hace burdamente, de manera que no posee la gran facilidad de palabra que normalmente poseen los psicópatas, aunque sí sabe conseguir agradar a quien le interesa (por ejemplo, al dueño de la perfumería). Quizás esta ambigüedad radique en que la película ha sido realizada, en nuestra opinión, más en clave de realismo mágico, respetando el tono de la novela original, que en un contexto realista duro y puro, por lo que el personaje se escapa de los estándares conocidos, incluso de los estándares de la propia enfermedad mental.

El punto interesante de esta película, además de este tono mágico muy presente en el final de la misma, es la relación que establece entre los sucesos de la vida del protagonista y el desarrollo de su carácter y su comportamiento.

Otro gran éxito que tiene como protagonista un psicópata es El silencio de los corderos. Una agente novata del FBI, Clarice Starling, accede a petición de su superior, a visitar al famoso asesino en serie Hannibal Lecter (“El caníbal”), un ex psiquiatra encerrado en una prisión subterránea, buscando su asesoramiento sobre la psique de un asesino llamado Buffalo Bill, lo que puede ser de gran ayuda al FBI para atraparlo.

La figura de Hannibal Lecter se ha consolidado como uno de los mejores ejemplos de psicópata. Inicialmente cuando Clarice se dispone a conocer a Hannibal, un oficial le justifica las elevadas medidas de seguridad debido a su peligrosidad, y le dice textualmente: “se quejó de un dolor en el pecho y fue llevado a un dispensario, le quitaron el bozal y las correas para hacerle un electrocardiograma, al acercarse la enfermera él le hizo esto (le enseña una fotografía) los médicos pudieron recomponerle la mandíbula y salvarle más o menos un ojo, el pulso de él no pasó de 85, ni cuando se le comió la lengua”.

Observamos ya en este pequeño episodio que el personaje ha mentido para conseguir salir de prisión y ha manipulado a los demás para lograr sus objetivos, y que presenta conductas de canibalismo, crueldad, agresión, ausencia total de respuesta emocional e impasividad ante el sufrimiento humano, así como veremos su capacidad para contar con extrema frialdad sus crímenes.

Es cierto que se nos presenta a Hannibal como un psicópata y un caníbal, realmente cruel, terriblemente agresivo y sin escrúpulos en sus atentados. Hasta aquí nada nuevo en la visión de cómo son los psicópatas y cómo son tratados en el cine, pero también cabe decir que Hannibal es un personaje ingenioso y listo, así como seguro de sí mismo y de sus capacidades en todo momento (“Hábleme de la muerte de su padre, no me mienta o lo sabré”). Sabe manipular, incomodar y presionar a Clarice en muchas de las conversaciones que mantienen donde además consigue sacar provecho de su situación. También es un hombre culto y elegante (conoce y escucha música clásica en su celda), así como educado, se dirige a Clarice con educación y con respeto en muchos momentos (Buenos días Clarice, ¿puedo ver su identificación por favor?). Uno de los aciertos de este filme es que, al contrario de los anteriores, apenas hay información sobre la vida pasada de Hannibal, lo cual también lo hace atractivo, pues sólo conocemos sus rasgos de personalidad.

Normalmente en las películas donde aparecen psicópatas, éstos son presentados como los antagonistas que van cometiendo crímenes ante un protagonista con el cual el espectador empatiza, que tiene que descubrir quién es y contrarrestarlo. En cambio Hannibal Lecter presenta muchas características de hombre encantador, tanto, que el efecto de gracia acaba llegando al público. Por eso, este personaje es tan especial y es apreciado y querido en el mundo del cine. El espectador adquiere un sentimiento paradójico hacia él: siente cierto respeto y admiración a la vez que le genera rechazo. Todo esto sumado al hecho de que tiene muchos de los elementos para considerarse una buena película (buen guión, buenas interpretaciones, buena fotografía y efectos, etc.) convierten al personaje de Hannibal en uno de los psicópatas más emblemáticos de la historia del cine.

Podríamos seguir enumerando una infinidad de películas, como por ejemplo No es país para viejos, en la que encontramos en el asesino otra vez una personalidad que permanece impávida ante el dolor y la muerte de otros seres. Otro ejemplo es el protagonista de Henry, retrato de un asesino, un personaje basado en un caso real de un asesino en serie, que refleja claramente el estilo realista y el punto de vista carente de juicio moral del psicópata.

Para acabar

El mal siempre estará entre nosotros, punzante y amargo en su plenitud. Así como, esperemos, también esté el cine, para dibujarnos una ficción semejante a una realidad, una realidad, en este caso, un tanto oscura y nada agradable, pero necesaria y definitoria de todas nuestras carencias y de nuestras virtudes.

Y es que no olvidemos nunca que el cine siempre nos contará una historia: la nuestra. Soñada o sentida, fingida o real, odiada o amada, tanto de seres nobles, bellos o valientes, como de seres tristes, pobres o perdidos. Y luego, además de todos estos seres, habrá otros, más ajenos, más extraños e incomprensibles en sus acciones. Pero también hombres y mujeres, también humanos.

Queremos acabar con una frase de la película de El club de la lucha, una frase que bien podría ser una metáfora de las enfermedades mentales y, por qué no, de la psicopatía: “Por suerte, somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual. Nuestra depresión es nuestra vida”.

Bibliografía

  • COMTE-SPONVILLE, A. (2002). “Invitación a la filosofía”. París: Éditions Albin Michael.
  • JAY, S. (2006). “1001 películas que hay que ver antes de morir”. Barcelona: Random House Mondadori.
  • VERA, B. (2006). “La locura en imágenes”. Madrid: Calamar Ediciones.

Autor: Elvira García Arnal

Elvira García Arnal es profesora de Secundaria de Geografía e Historia en el IES Pedro de Luna de Zaragoza.


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