Los siete saberes necesarios para la educación del futuro

Artículo publicado en el número 83-84 de la revista Making Of Especial Los siete saberes de Morin
Artículo publicado en el número 83-84 de la revista Making Of Especial Los siete saberes de Morin

Presentación de los siete saberes necesarios para la educación del futuro y de su autor, el filósofo, antropólogo, sociólogo y ensayista francés Edgar Morin, un intelectual muy solicitado y reconocido en foros educativos, sociopolíticos, culturales y artísticos que ejerce su influencia en los aprendizajes de nuestra comunidad educativa.


Edgar Morin, sociólogo, antropólogo, filósofo y ensayista francés, es un intelectual ampliamente solicitado y reconocido en foros educativos, sociopolíticos, culturales y artísticos. Sus aportaciones han influenciado en nuestros aprendizajes y en nuestra comunidad educativa. Uno de los puntos que más nos interesa destacar de él se centra en sus aportaciones al pensamiento pedagógico, abriendo camino hacia el pensamiento complejo, potenciando la reflexión universitaria y, en general, aportando nuevas miradas y nuevas formas de comprender la educación. Su trayectoria tiene un papel  importante en el proceso de cambio en la nueva concepción de la educación, así como su potente mensaje como construcción social, ética y cultural. Su visión del mundo, de la sociedad y del ser humano como fenómenos complejos, nos está conduciendo hacia una nueva forma de entender la educación del siglo XXI.

La misma UNESCO le solicitó que expresara sus ideas sobre la esencia de la educación del futuro, en el marco de su visión del pensamiento complejo, y lo hizo en un libro titulado “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, contribuyendo a un debate internacional sobre la forma de reorientar la educación hacia un desarrollo  sostenible. Él considera que la educación se convierte en la fuerza del futuro, porque se considera uno de los  instrumentos más poderosos para realizar el cambio. Uno de los retos más difíciles será modificar nuestro pensamiento de forma que haga frente a la creciente complejidad, la rapidez de los cambios y la imprevisibilidad que caracterizan a nuestro mundo.

Estos siete saberes están concretados de la siguiente forma:

  • Las cegueras del conocimiento: el error y la ilusión

Edgar Morin manifiesta que el error y la ilusión parasitan la mente humana desde la aparición del homo sapiens. La educación tiene que mostrar que no existe ningún conocimiento que no esté amenazado por el error y a la vez por la ilusión. Estos dos aspectos tienen que estar presentes en nuestra vida profesional, puesto que nos ayudarán a ver de una manera más abierta lo que necesita nuestro alumnado. En el prólogo del libro de Morin “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, nos introduce en los siete saberes que aquí queremos recordar, y dice: “Es significativo que la educación, que se propone comunicar los conocimientos, sea ciega respecto a aquello que es el conocimiento humano, sus dispositivos, sus males, sus dificultades, sus propensiones al error y a la ilusión, y no se preocupe en absoluto de hacer conocer qué es conocer.

Efectivamente, el conocimiento no se puede considerar como una herramienta ready made que se puede utilizar sin analizar la naturaleza. El conocimiento del conocimiento tiene que aparecer como una primera necesidad que serviría como preparación para enfrentarse a los permanentes riesgos de error y de ilusión que no cesan de parasitar la mente humana. Se trata de armar cada mente para el combate vital por la lucidez.

Es necesario introducir y desarrollar en la enseñanza el estudio de las características cerebrales, mentales, culturales, de los conocimientos humanos, de sus procesos y de sus modalidades, de las disposiciones tanto psíquicas como  culturales que le pueden hacer caer en el riesgo del error o la ilusión”.

  • Los principios de un conocimiento pertinente

Se tiene que promover un conocimiento capaz de abordar los problemas globales. La supremacía de unos  conocimientos fragmentados según las disciplinas, a menudo, impiden realizar el vínculo entre las partes y las  totalidades. “Hay un problema capital que nunca se ha considerado: la necesidad de promover un conocimiento capaz de captar los problemas globales y fundamentales para inscribir los conocimientos parciales y locales. La supremacía de un conocimiento fragmentado según las disciplinas a menudo hace imposible que opere el vínculo entre las partes y las totalidades; por eso hay que dejar espacio a una forma de conocimiento capaz de coger sus objetos en sus propios contextos, sus complejos, sus conjuntos.

Es necesario desarrollar la aptitud natural de la mente humana para situar todas sus informaciones dentro de un contexto y de un conjunto. Es necesario enseñar los métodos que permiten coger las relaciones mutuas y las influencias recíprocas entre las partes y el todo en un mundo complejo”.

  • Enseñar la condición humana

El ser humano es a la vez físico, biológico, psíquico, cultural, social e histórico; pero esta unidad compleja de la naturaleza humana ha sido desintegrada por la educación. Es urgente la necesidad de restaurarla, de forma que cada cual donde esté, tenga conciencia al mismo tiempo de su identidad compleja y de su identidad común a todos los otros seres humanos. “El ser humano es a la vez físico, biológico, psíquico, cultural, social, histórico. Esta unidad  compleja de la naturaleza humana, en la enseñanza se encuentra completamente desintegrada por las disciplinas, y haciendo imposible aprender qué significa ser humano”.

Esta unidad hace falta que sea restaurada de forma que cada uno de nosotros, esté donde esté, muestre el  conocimiento y la conciencia de su identidad personal, compleja y, a la vez, de su identidad común con todos los otros seres humanos. La condición humana tendría que ser objeto esencial de toda enseñanza y a la vez tendría que presidir todas nuestras actuaciones.

Este capítulo indica cómo es posible, a partir de las disciplinas actuales, reconocer la unidad y la complejidad humanas reuniendo y organizando los conocimientos dispersos en las Ciencias Naturales, las Ciencias Humanas, la Literatura y la Filosofía, y mostrar el vínculo indisoluble entre la unidad y la diversidad de todo lo que es humano. Esta manera de ver la realidad se enmarca dentro del paradigma de la complejidad y la transdisciplinariedad.

  • Enseñar la identidad terrenal

Por primera vez, el hombre ha comprendido que es un habitante del planeta, afirmación que refleja la necesidad de actuar no sólo como individuo, familia o género, sino bajo un aspecto planetario. “El destino, en adelante planetario, del género humano es otra realidad clave ignorada por la enseñanza. El conocimiento de los desarrollos de la era planetaria que se agrandarán en el siglo XXI, y el reconocimiento de la identidad terrestre que será cada vez más indispensable para cada cual y para todos, se tienen que convertir en uno de los objetos principales de la enseñanza”.

Conviene enseñar el trayecto que ha tenido que recorrer el concepto de la era planetaria. Este concepto se inicia con la comunicación de todos los continentes en el siglo XVI, y mostrar cómo todas las partes del mundo se han convertido en intersolidarias, sin esconder las opresiones y dominaciones que han flagelado la humanidad y que no han desaparecido.

La perspectiva planetaria es imprescindible dentro de un marco o un concepto educativo. Pero, no solamente para percibir mejor los problemas, las situaciones o las evidencias, entre otros, sino para elaborar y crear una conciencia y un auténtico sentimiento de pertenencia a nuestra Tierra, considerada ésta como la patria verdadera. El término patria  incluye referencias etimológicas y afectivas tanto paternales como maternales. En esta perspectiva de relación paterno maternofilial es en la que se construirá a escala planetaria una misma conciencia antropológica, ecológica, cívica y espiritual. “Hemos tardado demasiado tiempo en percibir nuestra identidad terrenal”, dijo Morin citando a Marx, pero manifestó que, aunque la historia haya progresado por el lado malo, es nuestra deuda hacer que avance por el lado bueno.

Habrá que indicar que las problemáticas conceptuales respecto a la vida y a la muerte en este momento, nos llevan a una visión compleja de crisis planetaria que marca el siglo XX, mostrando que todas las personas tienen que dar  respuestas positivas a las vicisitudes para construir un planeta solidario, creativo y respetuoso, donde todas las personas que habitan tengan un objetivo común: encontrar la felicidad individual y colectiva.

  • Afrontar la incertidumbre

Sería una gran conquista de la inteligencia, poder por fin deshacerse de la ilusión de predecir o controlar el destino. El mito del progreso no es un procedimiento válido para crecer e ir avanzando puesto que el futuro es abierto e imprevisible, y tomar conciencia de la incertidumbre y de las situaciones adversas es lo que nos hace avanzar  positivamente.

Pero la incertidumbre no tiene en cuenta solamente el futuro. Existe también la incertidumbre sobre la validez del conocimiento, sobre la validez de los hechos, sobre la validez de las actitudes y, sobre todo, sobre la validez de las formas de hacer y de ser y, por lo tanto, sobre toda la incertidumbre derivada de nuestras propias decisiones. Una vez que tomamos una decisión, empieza a funcionar el concepto de la ecología, es decir, se desencadenan una serie de acciones y reacciones que afectan al sistema planetario y que no podemos predecir. Nuestra civilización ha sido educada en unos principios de certezas y han carecido de incertidumbres que es lo que realmente hace avanzar a la humanidad.

Es evidente que estamos navegando en un mar de incertidumbres pero hay que encontrar los puntos de espaldarazo donde nos podemos guarecer y crear un espacio de reflexión donde podemos encontrar las salidas adecuadas,  apoyándonos y presidiendo el concepto de resiliencia que tanto nos ayudará a encontrar caminos positivos y creativos.

  • Enseñar la comprensión

Aunque estemos rodeados de redes e Internet, la incomprensión sigue siendo generalizada. Tenemos que tener en cuenta que hay dos tipos de comprensión: la intelectual, objetiva y la comprensión humana intersubjectiva.

La comprensión es una necesidad por la sociedad en que vivimos, sin comprensión no hay entendimiento. Por eso la educación la tiene que tener en cuenta y trabajarla desde las vertientes individual, interpersonal e intergrupal para llegar a la comprensión a escala planetaria. Morin constató que no sólo la comunicación implica comprensión, sino que hace falta una intencionalidad.

Muy a menudo la comprensión está amenazada por la incomprensión, una incomprensión que viene marcada por los códigos éticos que presiden nuestra sociedad, y hay que luchar para encontrar caminos, para hacer que las costumbres y las maneras que reinan en nuestra sociedad sean fruto del entendimiento y no de las luchas personales o grupales, y mucho menos de opciones políticas. A veces confrontamos cosmovisiones incompatibles. Los grandes enemigos de la comprensión son el personalismo, el egoísmo, la carencia de generosidad y, sobre todo, el egoísmo para sobresalir por encima de los otros, sin ver que nosotros somos en tanto cuando son los otros.. Enseñar la comprensión significa enseñar a no reducir las calidades personales, que son múltiples y complejas, sino potenciar todo aquello que nos ayuda a crecer y a ser mejores tanto individual como colectivamente. Morin ve las posibilidades de mejorar la omprensión intermediando: la apertura empática hacia los otros y la tolerancia hacia las ideas y formas diferentes de pensar y creer, mientras no atenten a la dignidad humana y se tenga un comportamiento respetuoso y democrático.

La verdadera comprensión nos exige potenciar y creer en una sociedad democrática, puesto que de no ser así no hay ni tolerancia ni libertad para salir del cierre etnocéntrico. Por eso, la educación tanto la de hoy como la del futuro tendrá que asumir un compromiso sin fisuras y sin “peros” para con la democracia, porque no hay una comprensión a escala ¡ planetaria entre pueblos y culturas mas que en el marco de una democracia abierta y libre, lejos de las manipulaciones individuales o colectivas.

  • La ética del género humano

Toda concepción del género humano significa: desarrollo de la autonomía individual, de la participación autoritaria y del sentido de pertenencia a la especie humana. En medio de esta triada emerge la conciencia.

Además de las éticas particulares, la enseñanza de una ética válida para todo el género humano es una exigencia de nuestro tiempo. Morin presenta el círculo individuo-sociedad-especie como base para enseñar la ética que potencia la conciencia planetaria.

El círculo persona-sociedad surge en el momento en que se hace realidad el deber ético de enseñar y vivir la  democracia. Ésta implica consensos y aceptación de reglas democráticas, de saber y querer entender al otro como un derecho que tiene y que tenemos. Pero también hay que ser conscientes que la diversidad y los antagonismos son  necesarios para comprender al otro y, sobre todo, siempre que se dé en un clima de respeto. El respeto a la diversidad significa que la democracia no se identifi ca con la dictadura ni individual ni de la mayoría.

Morin fundamenta el bucle individuo-especie en la necesidad de enseñar a la ciudadanía planetaria formas y caminos a seguir, maneras de comportarse y formas respetuosas hacia otras formas de pensar y creer, pero desde una visión crítica, positiva y creativa. La humanidad dejó de ser una noción abstracta y lejana para convertirse en algo concreto y cercano con interacciones y compromisos a escala planetaria puesto que la tecnología y las redes sociales nos han acercado y nos han hecho sentir miembros de un mismo planeta, en el que tenemos el derecho y el deber de dejar mejor nuestro entorno, al menos el más inmediato.

Morin dedica parte de su trabajo a postular cambios concretos en el sistema educativo desde la etapa de la edad temprana que es cuando se inicia en la experiencia escolar hasta la universidad: la no fragmentación de los saberes, la reflexión sobre lo que se enseña y la elaboración de un paradigma de relación circular entre las partes y el todo, lo  simple y lo complejo, la transdisciplinariedad son conceptos que nos han llegado de su mano y que nos sirven de guía
para dirigirnos hacia esta visión ética. Él cree que se debería destinar el diez por ciento de los presupuestos de educación a financiar la reflexión sobre el valor y la idoneidad de lo que se enseña y sobre cómo se enseña y por extensión cómo se concibe la educación.

Edgar Morin

Edgar Morin nace en París, el 8 de julio de 1921, dentro de una familia de origen judío sefardí. Su padre, Vidal Nahum, nació el 1894 en Salónica (Grecia) y, posteriormente, se nacionalizó francés. Su madre fue Luna Beressi.

Durante la niñez, Morin se entusiasmó por la lectura, el cine, la aviación y el ciclismo. Empezó su labor filosófica con la lectura de varios clásicos de la Ilustración del s.XVIII. Se vinculó al socialismo y dio su apoyo al Frente Popular (se unió a la Federación de Estudiantes Frontistas, dirigida por Gaston Bergery) y al gobierno republicano español durante la Guerra
Civil Española. En 1940 huye a Toulouse cuando se entera de la invasión de Francia por parte de los nazis y se dedica a ayudar a los refugiados y a la vez a profundizar en el socialismo marxista. Toma parte como militar en la Resistencia y se une al Partido Comunista Francés en 1941, siendo perseguido por la Gestapo. Participó en la liberación de París (agosto de 1944) y, al año siguiente, se casó con Violette Chapellaubeau, yéndose a vivir a Landau in der Pfalz.

En 1946, vuelve a la capital francesa para darse de baja de la carrera militar y proseguir con sus actividades dentro del comunismo. Su relación con el partido se deterioró debido a su postura crítica y finalmente fue expulsado en 1951 debido a un artículo publicado en France Observateur. Este mismo año fue admitido en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) francés, previa recomendación de algunos intelectuales que reconocieron su valía.

Una vez se integró al CNRS, Morin se inició en la antropología social en el terreno de la cinematografía, aproximándose al surrealismo, aunque sin abandonar el socialismo, con el cual comparte ideas con Franco Fortini y Roberto Guiducci, además de establecer una fuerte relación con Herbert Marcuse y otros filósofos. Funda y dirige la revista Argumentos (1956-1962) al mismo tiempo que vive una crisis interior y se manifiesta contra la guerra argelina (1954-1962).

A principios de la década de 1960, Morin inicia trabajos y visitas a Latinoamérica y queda impresionado por su cultura y por su forma de hacer. Posteriormente empieza a elaborar un pensamiento que complemente el desarrollo del sujeto. Una vez en Poulhan, y en compañía de sus colaboradores, desarrolla una investigación de carácter experimental que culmina con la tesis de la transdisciplinariedad, que le genera mayores contradicciones con otros académicos.

Durante la revuelta estudiantil del mayo francés (1968), escribe artículos en Le Monde, en los cuales descifra el significado y sentido de este acontecimiento que, de una manera muy real, marcó todo el pensamiento de aquel momento.

Con el surgimiento de la revolución biogenética, estudia el pensamiento de las tres teorías que le llevarán a la organización de sus nuevas ideas (la cibernética, la teoría de sistemas y la teoría de la información). También se complementa con la teoría de la autoorganización de Heinz Von Förster. Durante el 1977, elabora el concepto del conocimiento enciclopedante, a partir del cual liga los conocimientos dispersos, proponiendo la epistemología de la complejidad.

En 1983, fue condecorado con la orden de la Legión de Honor.

Edgar Morin escribió su primer libro cuando tenía apenas 25 años, inició así una larga y productiva carrera que sigue hasta hoy; más de 50 obras de relevancia y trascendencia se apuntan en su haber, sin considerar la infinidad de artículos que ha escrito y que han sido publicados en revistas de gran impacto.

María Antonia Pujol Maura

Autor: María Antonia Pujol Maura

María Antònia Pujol Maura es Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación y profesora del Departamento de Didáctica y Organización Educativa de la Universidad de Barcelona (UB).


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