Recuerdos y reflexiones sobre teatro

Artículo publicado en el nº 261 Especial Teatro
Artículo publicado en el nº 261 Especial Teatro

Interesante introspección la que realiza Gómez Cerdá en este artículo, con un lenguaje directo, sin concesiones ni amiguismos pero sí con una gran sinceridad de su amor a este género, y donde confiesa como se introdujo en el género teatral.

Recuerdos

Llevo muchos años –casi treinta– dedicado a la literatura infantil y juvenil, con alguna incursión esporádica en el mundo de los adultos. He publicado alrededor de cien títulos, casi todos de narrativa. Las excepciones son algunas obras de teatro, por las que supongo se me ha invitado a escribir en este monográfico. Pero convendrá aclarar desde el principio que no me considero un autor teatral al uso, a pesar de que el teatro está muy arraigado en mi trayectoria literaria, como explicaré a continuación.

Descubrí el teatro a los catorce o quince años. Ocurrió en dos frentes: uno, el salón de actos del instituto Cardenal Cisneros, de Madrid, donde estudiaba el Bachillerato; el otro, un teatro comercial, ya desaparecido, situado en los bajos de la Torre de Madrid, en la plaza de España.

En el instituto funcionaba –y muy bien– un grupo de teatro, al que yo no pertenecía, pero que me llamaba poderosamente la atención. Los días que había ensayo me colaba sigilosamente en el salón de actos, me quedaba a una distancia prudencial del escenario y, agazapado entre las butacas, seguía embelesado todo lo que sucedía allí. Un día, el director de aquel grupo teatral me descubrió y, en vez de echarme de la sala, me invitó a unirme a ellos.

Por aquel entonces me consideraba el adolescente más tímido de todo el planeta Tierra y de la galaxia entera. Tuve que hacer un esfuerzo casi sobrehumano para aceptar aquella invitación. Por un lado, me moría de vergüenza. Pero, por otro lado, me moría de ganas.

Con aquel grupo de estudiantes hice por primera vez teatro. Recuerdo dos obras: En la ardiente oscuridad, de Buero Vallejo y –nada más y nada menos– Julio César, de Shakespeare.

Por otro lado, decidí ir por primera vez en mi vida a lo que yo llamaba por entonces “un teatro de verdad”.

"Desde los quince o dieciséis años
hasta los veintitrés o veinticuatro,
el teatro formó parte de mi vida"

Sobre el mostrador de la droguería de mi barrio (Carabanchel Bajo) solía haber algunos tacos de entradas para el teatro, en realidad se trataba de vales de descuento que se presentaban en la taquilla y con los que te hacían una rebaja del cincuenta por ciento en el precio. Siempre que entraba en la droguería me quedaba mirando aquellos tacos, hasta que la droguera se dio cuenta y un día arrancó varias papeletas y me las dio.

No encontré a ningún amigo del barrio que quisiera acompañarme. Teatro sonaba a rollo y además, a pesar del cincuenta por ciento, era más caro que el cine. Por eso, me fui solo una tarde. Me dieron un asiento malísimo, al final, casi detrás de una columna. Me pasé toda la función con el cuello estirado. Recuerdo que no me gustó aquella obra de teatro, pero me fascinó el teatro.

Desde los quince o dieciséis años hasta los veintitrés o veinticuatro, el teatro formó parte de mi vida. Era una de las cosas más importantes que existían.

Seguí haciendo teatro, en el instituto y luego fuera del instituto, con pequeños grupos de aficionados. Y seguí yendo al teatro, por lo general solo, pues mis amigos de Carabanchel Bajo seguían negándose a acompañarme. Vi obras que me fascinaron y que creo que no solo cambiaron mi concepción del teatro, sino casi hasta de mi vida. Por ejemplo: Las criadas, de Jean Genet, en aquel montaje inolvidable de Víctor García, con Nuria Espert, Julieta Serrano y Mayrata Ovisiedo.

Hacía teatro, veía teatro y, sobre todo, escribía teatro. En honor a la verdad tengo que decir que solo en una ocasión logré convencer a un amigo para que me acompañara. Era una obra de esas que entonces se denominaban de “cámara y ensayo”, lo que significaba que se representaba en función única y aprovechando el descanso de alguna compañía, por lo general los lunes.

"En aquellos escenarios pequeños,
de barrio, sentí por primera vez
ese puente entre corazones
que es la literatura"

Le quise hacer los honores a aquel amigo y conseguí unas entradas magníficas. ¡Primera fila! Pero mis buenas intenciones se hicieron añicos cuando un actor, que hacía de narrador, se colocó justo en el borde del escenario, enfrente mismo de nosotros. Casi podíamos tocarlo con las manos. Y este actor, que hablaba con mucha vehemencia, soltaba por su boca un aluvión de perdigones, que indefectiblemente caían sobre nosotros. Ni que decir tiene que mi amigo salió indignado del teatro, jurando que no volvería a poner los pies en un sitio semejante, pues para ducharse prefería el baño de su casa.

No me importó volver solo al teatro, a pesar de que algunas noches, cuando la función se alargaba, tenía que regresar andando hasta mi casa, pues el metro ya había cerrado y un taxi estaba fuera de mi presupuesto. Desde el centro de Madrid hasta Carabanchel Bajo, hora y media de caminata.

Es curioso. Mis primeros pinitos literarios fueron poesía y teatro, dos géneros que luego fui abandonando poco a poco, casi sin darme cuenta. Pero cuando en algún coloquio los niños, o los adultos, me preguntan por mi primer libro, no suelo remontarme al primer libro publicado, sino a mi primera experiencia literaria, que fue una obra de teatro. Cuando tenía veintidós o veintitrés años algunas de las obras que yo escribía llegaron a representarse, no en grandes teatros comerciales, sino en pequeños locales y por grupos de aficionados. Hoy no tengo dudas: ese fue el comienzo de mi carrera literaria. En aquellos escenarios pequeños, de barrio, sentí por primera vez ese puente entre corazones que es la literatura.

Reflexiones

El teatro en sí mismo es algo complejo. No me refiero al hecho de escribir una obra teatral, que no tiene mayor o menor complejidad que escribir una novela o un poemario y que, en todo caso, dependerá de la dedicación, del talento o de la habilidad del autor. Cuando hablo de complejidad me refiero al hecho teatral en sí: el texto literario nos lleva a la puesta en escena y a la representación. Pero para llegar a este momento hemos tenido que recorrer un largo camino: ensayos, asignación de papeles, decorados, vestuario, música, etc.

Toda esta complejidad intrínseca del hecho teatral se complica aun más cuando aparece en escena –nunca mejor empleado el término– la escuela. Entonces se juntan la complejidad del teatro y la complejidad de la escuela. Es sorprendente la cantidad de cosas que se dicen del teatro cuando se relaciona con la escuela. El teatro parece la panacea universal.

"Cuando hablo de complejidad
me refiero al hecho teatral en sí:
el texto literario nos lleva
a la puesta en escena
y a la representación"

Fernando Almena, un conocido autor teatral, afirma: “El teatro desempeña un papel primordial en la educación del niño, le permite manifestar su capacidad creadora e imaginativa, le ayuda a dominar la expresión oral y corporal, a ejercitar la memoria, a vencer la timidez, a relacionarse con los demás y contribuye de un modo notorio al desarrollo de su personalidad”.

Eduardo Galán, otro conocido autor teatral, dice: “En primer lugar, el teatro desarrolla la imaginación hasta extremos insospechados, pues obliga al lector a ser él quien lleve a cabo la escenificación de la obra. En segundo lugar, el texto teatral enfrenta a los alumnos con un discurso literario y directo, sin la mediación de un narrador. En tercer lugar, fomenta las capacidades de síntesis y análisis”.

Víctor Ruiz, director teatral y profesor, enumera nada más y nada menos que treinta aspectos que el teatro aporta a la formación de los alumnos. Sería prolijo enumerar los treinta. Citaré solo algunos: Desarrollo de la personalidad. Contribución a la integración social. Estimulación de la solidaridad. Ejercitación de la convivencia. Mejora de los estados de timidez e introversión. Mejora de la memoria. Desarrollo de la intuición. Desarrollo de la sensibilidad... Así hasta treinta.

Pero yo –lo aseguro– solo soy escritor. Y aunque parezca tajante, cuando escribo, me tiene sin cuidado la educación del niño. Me explico: cuando me pongo a escribir no pienso si el texto que estoy elaborando va a mejorar la memoria del lector, o si va a mejorar su capacidad de síntesis y análisis, o si va a mejorar su integración social, o si le va ayudar en la convivencia, o si va a mejorar su autoestima, o si va a fortalecer su personalidad...

No se puede ni se debe escribir pensando en esas cosas. Y si alguien lo hace con premeditación, les aseguro que estará haciendo trampas. Hará trampas al lector y se las hará a sí mismo. La escritura debe ser un acto libre. Y el hecho de que el destinatario de lo escrito tenga seis, ocho, diez, doce años, nunca debe restringir esa libertad.

No quiero descalificar a nadie, ni negar todas esas virtudes que se le atribuyen al teatro, que imagino serán ciertas y probadas. Y digo imagino, porque no soy pedagogo, ni psicólogo, ni maestro, ni teórico del teatro y la literatura... Solo soy escritor.

Intento expresar con palabras un mundo que bulle dentro de mi cabeza, y para ello pretendo elegir las palabras más bellas y apropiadas, y las imágenes más sugestivas y sorprendentes. Quiero crear personajes que me emocionen y que, en ocasiones, me pongan los pelos de punta. Quiero comunicarme con otros seres humanos, y quiero hacerlo a través de las palabras, del lenguaje, de las historias, de los sentimientos, de las dudas, de la risa, del miedo...

Ese es mi trabajo y ese es el trabajo que reivindico. Y lo es, indistintamente, cuando escribo un cuento, cuando escribo una novela o cuando escribo una obra de teatro.

"Siempre he creído que la literatura
es educativa en sí misma.
Y por supuesto, el teatro
también es educativo en sí mismo"

Siempre he creído que la literatura es educativa en sí misma. Y, por supuesto, el teatro también es educativo en sí mismo. ¿No es fantástico y enriquecedor que un niño lea un libro, o que un grupo ponga en pie una obra teatral o que vaya a ver una obra de teatro? Sin más.

Luis Matilla, otro conocido autor teatral, afirma: Siempre me he distanciado de aquellos que intentan utilizar el teatro como mero instrumento didáctico, visión reduccionista que puede llegar a justificar unos resultados artísticamente pobres con tal que resulten “educativos”.

Creo que Luis Matilla pone en dedo en la llaga. Todo el que se plantee hacer teatro en la escuela debería preguntarse: ¿qué es mejor: obtener unos resultados artísticamente buenos, o educativos?

La pregunta para mí es una falacia. Porque yo entiendo que si conseguimos unos resultados artísticamente buenos, por añadidura y sin hacer ningún esfuerzo más, estaremos consiguiendo algo también educativo.

El teatro es educativo por sí mismo, sin buscarle más añadidos, que solo conseguirán lastrarle innecesariamente. Y lo es cuando asistimos al teatro, o cuando hacemos teatro. En definitiva, cuando nos acercamos al mundo de las artes escénicas.

Además, como dicen Concha Villarrubia y Nicolás Morcillo en su libro Abecedaria. Guía de Teatro. Podíamos comprender mejor la historia de la humanidad leyendo la historia del teatro, o tomando como referente sus textos y autores.”

El teatro es educativo en sí mismo porque tiene una conexión vital con el espectador. Permite una relación directa entre público y actores y actrices. Además, es educativo porque es arte, porque crea belleza, emociones, sueños, mundos imaginarios, nos invita a la reflexión y nos hace explorar la vida en todas sus facetas.

A la hora de hacer teatro –y estoy pensando en el salón de actos de un colegio o de un instituto– vamos a buscar una obra que tenga calidad, que nos guste a todos, que nos emocione. Y vamos a ponerla en pie con un trabajo en equipo en el que todo el que se implique pueda participar y aportar su granito de arena.

Pero no hace falta pensar si la obra se adapta a los planes de educación, si viene bien para explicar determinada parte del temario, si tiene valores transversales o si educa en la ciudadanía... Me gusta que el teatro sea un poco –o un mucho– trasgresor e insolente, fresco y vivo. Tampoco pensemos si a fulanito le va a venir bien para superar su complejo o menganita para vencer su timidez.

Vamos a sumergirnos en el teatro, a empaparnos de teatro, a disfrutar con el teatro, a emocionarnos con el teatro. Y todo lo que venga por añadidura, bienvenido sea. Y lo que no venga, qué se le va a hacer.

Al principio, comentaba que cuando empecé a hacer teatro en el instituto Cardenal Cisneros me sentía el ser más tímido del mundo. Pues bien, hice teatro durante varios años y hoy en día, mucho tiempo después, sigo siendo tímido e introvertido. No encontré en el teatro una terapia para mis males de entonces; pero el teatro me hizo vibrar por lo que tiene de comunicación, de magia, de encanto. Creo que, sencillamente, disfruté con el teatro, me expresé a través del teatro y, en definitiva, me sentí un poco más persona y más libre.

Vivimos en una sociedad en continuo cambio, que nos exige a todos ponernos al día constantemente en infinidad de materias. Sobre la escuela, sobre los centros de enseñanza en general, recae cada vez con más firmeza la responsabilidad de la educación de los más jóvenes.

"A la hora de hacer teatro
vamos a buscar una obra
que tenga calidad,
que nos guste a todos,
que nos emocione"

Podíamos discutir ahora dónde están los límites de la escuela, o por qué los propios padres y el resto de la sociedad se inhiben incomprensiblemente ante una cuestión tan fundamental como la educación de los niños y los jóvenes, y delegan con una comodidad pasmosa y con un desprecio absoluto toda la responsabilidad en la escuela. Pero me temo que profundizar en estas cuestiones nos alejaría del tema de este breve artículo.

Solo quería añadir que el profesorado debe exigir, apoyado por el resto de la sociedad, mejoras constantes en su formación, mejoras en los centros de enseñanza, en las dotaciones de personal y de material, etc. Y en esa exigencia debería encontrarse también la formación del profesorado con respecto al teatro. Debería existir un contacto del profesorado con los profesionales del teatro, un contacto que no se limite a llevar de vez en cuando a los niños a un teatro. Deberían crearse equipos de trabajo en los propios centros, promoverse cursos teóricos y prácticos, jornadas monográficas, o lo que se quiera. Solo así se conseguiría que la escuela fuese el lugar idóneo para que los niños se acercasen al teatro, en toda la extensión de la palabra. ¡Y ganarían tanto!

Autor: Alfredo Gómez Cerdà

Alfredo Gómez Cerdá es uno de los autores de literatura infantil y juvenil actuales más prestigiosos y leídos. Su labor ha sido reconocida con, entre otros, el Premio Nacional de Literatura y el Cervantes Chico.


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